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El doctor que vinculó su vida personal e intelectual al viejo Hospital de Agudos

03 de Mayo de 2013
Diario Córdoba

En el verano de 1948 el Boletín Oficial del Estado publicaba las normas del plan de alimentación infantil, que contemplaba, entre otras medidas, la sobrealimentación de la madre gestante con 100 gramos de pan diarios o 500 milésimas mensuales de aceite; la leche condensada, la harina de trigo o el jabón se distribuirían en razón a la edad de los lactantes y en función de la nutrición natural o artificial. Era la llamada “cartilla de la madre”, entregada al finalizar el sexto mes de gestación y canjeable luego por la “infantil”.
El académico Eugenio d’Ors ilustraba con su lucidez las rotativas, junto a la noticia del transporte por avión hasta París de la fruta recogida cuatro horas antes de los árboles de Zaragoza. Todo un milagro de la ingeniería. Mientras, en la Córdoba del alcalde Rafael Salinas Anchelerga, el prodigio era sobrevivir al amparo del Auxilio Social o el mercado negro. Aun así los jóvenes se seguían enamorando en una ciudad de luto y acogida a gentes de la provincia y de otros rincones del Sur. Del Puerto de Santa María y de Casariche llegó siendo niño Joaquín Aguilar, taxista de profesión. Se casó con Socorro Gavilán, cordobesa e hija de un profesor de música y platero del que heredó el taller de pulidoras que regentaba. Los jóvenes se instalaron en la calle Ravé del barrio de Santiago, en donde nacería, aquel martes 29 de junio, su primer hijo, Enrique, al que siguieron Joaquín, José, Socorro y Francisca.
Sus primeros años fueron los últimos del racionamiento, que no desaparecería oficialmente hasta 1952. Mas sería el 54 el que dejara las primeras huellas en los niños de Joaquín y Socorro, coincidiendo con su estancia en el Auxilio Social de la Judería. El lugar lúgubre y frío, en el que quizá coincidiera con Rafael Merengue, dejó en Enrique Aguilar el recuerdo de los sabañones, su ilusión por unos guantes de lana y las salidas a la plaza del Cardenal Salazar, donde su tía Asunción le regalaba jicaras de chocolate, tan cerca de “las tortas de manteca” de Góngora.

El antiguo Hospital de Agudos impregnó las primeras impresiones del chiquillo de condición humilde, que llegaría a cruzar sus dinteles en los momentos más decisivos de su vida. Pero habría de pasar primero por las Francesas de la plaza de Aguayos o la escuela de la calle Colombia de la Huerta de la Reina, con Francisco Luque Cordero de profesor.
La familia se había ubicado ya en el barrio de San José, en donde continuó su formación junto a Juan Gómez Crespo. Fueron los artífices de su pasión por la Geografía, la Historia y las Ciencias Humanas, disciplinas que le llevarían en el futuro a Cardenal Salazar. Por entonces, el muchacho había cruzado los pasillos de aquel Hospital de Agudos con su madre como paciente. Y llegaron los años 60 y el grupo Los Kiowas. Tiempos de escenarios, guitarra y Rock en las fiestas universitarias, en las ferias de los pueblos, en el cine Góngora o en los polideportivos; tiempos de lecturas dramatizadas con María Luisa Revuelta, las cinco declinaciones de Rogelio Fortea o los partidos de balonmano: el Instituto Séneca.
En la Escuela de Magisterio del Sector Sur obtuvo el título de maestro y en septiembre de 1971 volvió a encontrarse con el Hospital, ya Escuela Universitaria. Allí se licenció en Filosofía y Letras, mientras ejercía la docencia en la escuela. La historia política había calado ya en él y con su tesis, Elecciones y partidos políticos en la provincia de Córdoba en la España isabelina, se doctoró en Historia Contemporánea cum laude en 1987 y recibiría luego distintos premios extraordinarios. El joven profesor dejaba atrás un pasado de incontables viajes a la Hemeroteca Nacional, las Cortes, el Congreso y otras fuentes de Madrid, al margen de su actividad docente y sacrificando días no lectivos. El presente llevó en adelante el nombre de una extremeña, universitaria en Madrid, que marcó su vida. María José Porro Herrera fue un soplo cosmopolita en la Córdoba provinciana de 1971, que sólo podía entenderse como una ciudad de paso; pero acabó enamorándose de (y en) Córdoba y se casaron un año después, con un permiso especial, en la capilla de San Bartolomé, el mismo escenario de la lectura de la tesina de Enrique.
El camino iniciado en común los lleva a compartir la muceta azul y el birrete, los sillones de la Academia de Córdoba o la Cátedra Intergeneracional de la UCO -que tanto se debe a ambos-, entre otros proyectos académicoprofesionales. En lo personal, María José y Cristina son el mayor éxito de estos dos compañeros de vida e intelecto.
Deportista, músico, torero y navegante, sigue atesorando incontables artículos en revistas especializadas y en prensa. Sus textos, académicos y literarios, están respaldados por una crítica inmejorable y un público fiel. Con sus publicaciones sobre la Córdoba isabelina despertó el interés de la comunidad científica, al igual que con Historia de Córdoba, publicada en 1995. Más cercano al lector de base, Memorias de José Cruz Conde (2011) aúna una prosa ligera y fácil con un trabajo riguroso e intenso que contiene la transcripción de las notas biográficas de aquel alcalde cordobés. En 1999 su Breve historia de una ciudad Patrimonio de la Humanidad es una ofrenda de datos y conocimiento histórico, escrita para ser leída tanto por la Córdoba más popular cuanto por quienes comparten con él, desde dentro, todo lo que Cardenal Salazar representa.

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