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El sello de un califa sensible y refinado

11 de Enero de 2013
abc ImagenAquella Córdoba tenía en pleno siglo X una biblioteca con más de 400.000 volúmenes de todas las ramas del saber, muchos de ellos procedentes de diferentes puntos de Oriente. En los arrabales de la ciudad, ciento setenta mujeres copistas que actualizaban la reserva del saber y la academia científica de Al-Hakam II, segundo califa (915-976), hijo de Abd al- Rahman III. Veintisiete escuelas públicas, alumbrado nocturno, alcantarillado y pavimento... Y una población emergente musulmana para la que la Mezquita se había quedado pequeña.

Es entonces cuando aquel califa de pelo cobrizo, nariz aguileña, grandes ojos negros, corpulento y de mandíbula saliente, como le describen las fuentes escritas de la Historia, decide impulsar una nueva ampliación del epicentro religioso, político y social de Córdoba. Derriba el muro de la qibla hacia el sur, ensanchando las naves en 45 metros con 140 columnas. Su carácter religioso y piadoso, «sabio, sensible y afable», redundan los estudios de los expertos, y sus buenas amistades y relaciones diplomáticas, militares y comerciales influyen sobremanera en el resultado final de los trabajos que comenzaron en el año 961, y que acabarían quince años más tarde.

De esa factura arquitectónica nacería la zona más bella y rica del que hoy es templo madre católico de Córdoba y emblema monumental protegido por la Unesco desde 1984. Se trata de la zona que acoge al mihrab, su vestíbulo, llamado maqsura, y cuatro cimborrios que dan paso a una serie de cúpulas decoradas con mosaicos de corte bizantino -importados para la ocasión con maestros llegados de Constantinopla que traían las teselas que los conformaron-, aires armenios, romano-visigodos y hasta ribetes autóctonos que concitan el acuerdo de muchos expertos en su riqueza artística y simbólica.

Se trata de un arte maduro, refinado y exquisito, como el talante que desprende un Al-Hakam II con el que el Califato de Córdoba, dicen los entendidos, alcanzó su máximo esplendor. Son muchos los que subrayan que esta parte de la Mezquita-Catedral, que juega de forma sinuosa con la luz a través de las arquerías por la cúpula en la maqsura, entraña una reminiscencia de Santa Sofía, el gran eje monumental de Estambul y la antigua Bizancio.

«Nos encontramos pues -en alusión a la ampliación inspirada por Al-Hakam II- ante una construcción excepcional en la que se conjunga de modo maravilloso aportaciones bizantinas, musulmanas y cristianas de Córdoba (...) que adquieren la personalidad del arte califal cordobés», recoge el libro escrito por Manuel Nieto Cumplido y Luis Recio sobre el monumento. Fue un califa con un sello muy personal, que sitúo a Córdoba en la cúspide de aquella Europa medieval que empezaba a despertar de tiempos oscuros.
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