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Caminos seguros hacia Cristo

04 de Octubre de 2012
Alfa & Omega ImagenEn todo gran hombre o mujer de la Iglesia, se repiten las palabras del Magnificat: «El Señor ha hecho obras grandes por mí... Su misericordia llega de generación en generación». Si se conocen los contextos donde vivieron los santos Doctores, se les podrá valorar más y no sólo considerarlos como reliquias del pasado, sino fuentes donde beber esperanza para nuestro tiempo, que tantas veces tendemos a calificar como el peor de la historia de la Iglesia. En tiempos de san Juan de Ávila (a los que pertenecen otros seis Doctores), el pueblo de Dios, literalmente, se desangraba en las guerras de religión.

También en el siglo IV (al que pertenecen once Doctores), la Iglesia sufría guerras intestinas y los problemas de fe se mezclaban con los intereses políticos. Las injusticias estaban a la orden del día. Se daba el escándalo de la mala repartición de los bienes de la tierra, había hombres muy ricos y muchos hombres muy pobres... Pero los Doctores de la Iglesia no se dejaron confundir por las circunstancias y no tuvieron un espíritu derrotista, sino de valentía, propio del hombre de fe. No se embarcaron en tareas parciales y remedios inmediatos. Se concentraron en lo esencial: en predicar a Cristo, en confiar en la Realeza del Señor, única respuesta a todas las cuestiones humanas.

Se impone recordar los requisitos que se buscan en un hombre de Iglesia para ser admitido al número de sus Doctores: insigne santidad de vida y doctrina celestial eminente. Comprobado esto, el sucesor de Pedro declara la incorporación del santo al número de los Doctores.

No es casual la coincidencia de la proclamación de san Juan de Ávila y la celebración del Año de la fe. Para nuestro momento histórico, podríamos recordar la convicción de san Juan de Ávila de que la Iglesia tiene un acceso cualificado al Señor por medio de sus sacerdotes, por los que el Maestro sigue irrumpiendo en la Historia, concretamente en los sacramentos. En cada momento histórico y en cada historia particular, el sacerdote hace presente el amor oblacional del Maestro cada vez que celebra para sus hermanos la Eucaristía. Hace presente la sanación del perdón en cada historia rota por el mal a través del sacramento del Perdón. Muestra al Señor a los que sufren e ilumina el sentido del dolor acercando al enfermo a Cristo con el sacramento de la Unción. Una vida sacramental, según enseñaba san Juan de Ávila (Patrono del clero español), será la fuente de renovación de la Iglesia y del mundo.

Esperamos que la Iglesia busque en el próximo Doctor, y en el resto de Doctores, inspiración para todas las actividades de este año dedicado a la fe. En un Doctor no encontraremos error, sino al Maestro, porque, en ellos, el Señor halló al siervo fiel y solícito que administra los bienes de la salvación. Descubrir a los Doctores de la Iglesia es encontrar el camino seguro para las cuestiones urgentes de nuestro tiempo, esto es, a Jesucristo en su Iglesia.
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