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Don de sabiduría

04 de Octubre de 2012
Alfa & Omega ImagenEl largo itinerario del Doctorado del Maestro Ávila está concluyendo en un momento feliz, que no podía ser más adecuado a este predicador evangélico. Él, que llenó de entusiasmo y ardor apostólico la amplia primera mitad del siglo XVI, vivió como pocos el ansia renovadora de un Concilio, el de Trento, cuando nosotros estamos a punto de celebrar, con el Año de la fe, el cincuentenario del Vaticano II. El Papa proclamará Doctor de la Iglesia universal, al inicio del Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización, a este clérigo -sacerdote diocesano- simpático, sabio, desprendido y humilde, que se despojó de todo para poseer sólo a Jesucristo y hacerse evangelio, es decir, portador de la Buena Nueva de Jesús en unos escenarios no muy diferentes de los nuestros, en cuanto que el pluralismo religioso había confundido a muchos, el cisma protestante y determinadas corrientes de pensamiento ponían en tela de juicio a la Iglesia misma, y cuando el Nuevo Mundo ofrecía posibilidades inéditas al mensaje de la salvación.

Hace algo más de cuarenta años que, en la Conferencia Episcopal Española, se planteó la posibilidad del doctorado de san Juan de Ávila, pero es evidente que la providencia de Dios tenía preparado este momento para poner sobre el candelero de nuestro tiempo, con nuevo vigor, esta luz que alumbró de modo tan singular el suyo y que nos ha venido acompañando durante los cinco siglos que nos separan de él.

Su Causa de beatificación fue iniciada en 1623, 54 años después de su muerte, a propuesta de dos sacerdotes andaluces, por la Congregación de San Pedro Apóstol de presbíteros seculares, naturales de Madrid. Los procesos informativos se hicieron rápidamente, interrogando a testigos en Almodóvar del Campo (Ciudad Real), lugar del nacimiento de Juan de Ávila; en Córdoba, Granada, Jaén, Baeza y Andújar, ambientes que frecuentó; y en Montilla (Córdoba), donde murió. Pero la Causa se detuvo por falta de medios. Se retomó en 1731, cien años después, pero quedó nuevamente paralizada hasta que se hizo cargo de ella la Villa de Almodóvar. La beatificación tuvo lugar por el Papa León XIII, con gran fiesta, el 6 de abril de 1894.

Enseguida se pensó en la canonización, interesándose en ello los sacerdotes de Ciudad Real y los obispos españoles, que en 1955 crearon una Junta pro canonización del Beato Juan de Ávila, a quien, en 1946, Pío XII había nombrado Patrono del clero secular de España. La canonización tuvo lugar, por Pablo VI, el 31 de mayo de 1970.

Doctrina eminente

¿Podría ser proclamado Doctor? Esta pregunta se planteó en la XII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, celebrada en julio de 1970, mes y medio después de la canonización. Mientras tanto, se habían hecho nuevas ediciones de sus obras y numerosos estudios, entre ellos los de don Laureano Castán Lacoma, entonces obispo de SigŁenza-Guadalajara, que había defendido y publicado (1957) su tesis doctoral sobre Un proyecto español de Tribunal Internacional de arbitraje obligatorio en el siglo XVI formulado por el Maestro Ávila. Pero la iniciativa del Doctorado, que fue muy bien acogida, la propuso el cardenal-arzobispo de Tarragona don Benjamín de Arriba y Castro, de quien don Laureano había sido durante diez años obispo auxiliar.

Los obispos encomendaron a un grupo de expertos los trabajos necesarios, que concluyeron en 1988, por lo que la Asamblea Plenaria de noviembre de 1989 acordó dirigir al Santo Padre la súplica oportuna. La firmó el cardenal-arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal, don Ángel Suquía, el 10 de mayo de 1990. A esta súplica siguieron las de los nuevos Presidentes, don Elías Yanes, en 1995, y don Antonio María Rouco, en 1999.

¿Por qué tanta súplica? En Roma respondían siempre que, en la Congregación para la Doctrina de la Fe, estaban concretando los criterios para definir la eminens doctrina que se requiere a los Doctores. La buena noticia fue, en 2002, que estos criterios ya estaban definidos, que se había estudiado el caso de san Juan de Ávila y que el resultado había sido del todo favorable. Pero el expediente tenía que volver a la Congregación de las Causas de los Santos y seguir en ella el trámite oportuno.

Se considera que la doctrina de un santo es eminente cuando se reconoce en él un especial don de sabiduría dado por el Espíritu Santo para el bien de la Iglesia; cuando sobresale por la cantidad y la calidad de los escritos, apoyados siempre en la Palabra de Dios y en la mejor tradición de la Iglesia; y cuando, con una enseñanza segura y duradera, ayuda de modo claro y comprensible a profundizar en la verdad revelada. Esta doctrina eminente debe de informar, además, la vida del Doctor de modo que sea testigo de lo que enseña, y ha de tener buena acogida en el pueblo de Dios, así como cierto carácter universal.

Estos puntos, muy sintéticamente enumerados, hemos tenido que demostrarlos en una voluminosa Ponencia (Positio), que, después de una nueva súplica del Doctorado, fechada el 10 de diciembre de 2009, entregamos en la Congregación de las Causas de los Santos el 10 de abril de ese mismo año. Después de un riguroso estudio de la Positio, el 18 de diciembre de 2010, tuvo lugar el Congreso Peculiar de los Consultores Teólogos de la Congregación, que emitieron sus votos unánimemente favorables al Doctorado. Fue también unánimemente afirmativo el voto de los treinta cardenales y obispos miembros de la Congregación, reunidos en sesión Plenaria el día 3 de mayo de 2011, dos días después de la beatificación de Juan Pablo II.

Y bien sabemos cómo, el 20 de agosto de 2011, en plena JMJ, Benedicto XVI anunció en Madrid que próximamente proclamaría a san Juan de Ávila Doctor de la Iglesia universal. La fecha concreta la comunicó a toda la Iglesia el 27 de mayo pasado, fiesta de Pentecostés. Y ahora, este domingo 7 de octubre, celebramos con inmenso gozo tan feliz y esperado acontecimiento.
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