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Medina azahara y la mezquita.

21 de Julio de 2012
Diario Córdoba

Desde luego es más fácil dejarse llevar por la corriente, repetir y asumir el tópico, que reflexionar, estudiar y llegar a conseguir disponer de criterio propio, próximo a la certeza objetiva. Ser estúpido es lo que menos esfuerzo requiere, y repetir estupideces no es solo patrimonio de los estúpidos, pues hasta personas de alguna formación y criterio se convierten en loritos repetidores si se descuidan.
Uno de los tópicos más tontos que hay en nuestra ciudad es que Medina Azahara se perdió porque no dispuso de los cuidados que la Mezquita recibió de la Iglesia católica, que la han traído intacta hasta nuestros días.
Medina Azahara se destruyó no por el paso del tiempo y la falta de cuidados, sino porque los berberiscos incendiaron la gran creación califal al abandonarla (1010).
Como recuerda Castejón en su estimable monografía sobre el monumento, solo "desde entonces la ciudad palatina fue objeto de saqueo y destrucción". El saqueo de columnas y piezas ricas siguió durante los periodos almorávide y almohade y prácticamente no cesó hasta el siglo pasado. "La famosa giralda tiene en sus ventanales 121 capiteles de Medina Azahara". La historia de este monumento, alejado de la ciudad en su tiempo, aunque ahora, con los actuales medios de transporte y las modernas vías, parezca que está ahí al lado, es muy distinta a la de la Mezquita.
Hasta la conquista de Córdoba por el rey Fernando (1236), cuando de Medina Azahara ya no quedaba apenas rastro, la Mezquita era el orgullo y el lugar de oración y de reuniones políticas de los cordobeses, mahometanos en gran cantidad.
Y con toda seguridad habría seguido siendo cuidada y respetada por ciudadanos y autoridades civiles aunque la Iglesia católica no se hubiera apresurado a comenzar la apropiación del monumento árabe, hasta entonces íntegro, intacto, sin una sola ralladura en sus mármoles.
Los cordobeses medievales seguramente ya entendían que la ciudad es, e iba a ser reconocida, como "la ciudad de la Mezquita".
La especialidad árabe se conservó muy bien, aunque el uso como catedral supuso algunas ligeras acomodaciones.
Y hay que alabar que no obstante el notorio afán de poner la Iglesia católica su firma en todos los lugares y en todas las ocasiones posibles --las lámparas que desde no hace mucho iluminan la Mezquita si no recuerdo mal se adornan con crucecitas-- no cayó en un primer momento en la tentación de destruir, y así respetó el mihrab, el núcleo del corazón de la oración musulmana y una maravilla como obra de arte.
Pero el afán destructivo-conquistador sí apareció en el siglo XVI, en el que se produjo "la mayor quiebra del edificio islámico... pues en medio de la antigua mezquita se levantará una gran nave cristiana bajo los auspicios artísticos y arquitectónicos de los aires renacentistas (-) No en vano la propuesta fue polémica y estuvo sujeta a duros enfrentamientos entre diferentes próceres (a favor y en contra)".
Finalmente intercedió el emperador Carlos V para que se realizara la obra, aunque más tarde se lamentara, como recogió J. B. Alderete, con la famosa frase "habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes".
La polémica que hubo demuestra dos cosas: la Mezquita había llegado a tal siglo bien conservada y era querida como tal, hasta el punto de que el pueblo defendía su integridad, frente a un proyecto de catedral católica incrustada, en tiempos en que declararse no cristiano entrañaba peligro de muerte.
El orgullo catedralicio llega e negar aquella enorme destrucción, y a querer anteponer al título universal de Mezquita la designación de lo que llegó después en la historia y que es de un valor monumental de menor grado, la Catedral, de la que nadie niega los méritos que atesora ni se opone a su actual destino de escenario principal del culto católico.
Para el creyente la consagración de la mezquita como catedral le ha quitado todo su ser, lo que es invisible; para quien use rectamente su mirada y su razón, la mezquita musulmana de Córdoba, una de las maravillas del mundo, está ahí, con toda su identidad y toda su integridad, salvo lo perdido por el mordisco de la irreversible incrustación de una catedral católica.

Catedral Cordoba

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