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San Juan de Ávila, doctor de la iglesia.

25 de Marzo de 2012
Diario Córdoba ImagenLa figura de San Juan de Ávila tiene un indudable protagonismo en la actualidad, que sé deriva principalmente de la inminente proclamación como Doctor de la Iglesia anunciada por Benedicto XVI en su viaje a nuestro país con motivo de la JMJ. El nombramiento cobra una especial relevancia en la geografía cordobesa, escenario de su fructífera e intensa labor pastoral. El fenómeno alcanza una mayor incidencia en la capital y, sobre todo, en Montilla. En esta ciudad reside el apóstol de Andalucía y sus restos se veneran en el antiguo templo de los jesuítas que acaba de pasar a manos de la diócesis y convertido en santuario con el deseo de que muy pronto sea declarado basílica.
Los estrechos vínculos existentes justifican el gran ascendiente del santo de Almodóvar del Campo sobre el clero diocesano cordobés del siglo XVII, cuyos miembros lo toman como modelo en el ejercicio del ministerio sacerdotal. Esta influencia viene propiciada por la formación recibida en el colegio de Santa Catalina regido por los jesuítas.
A lo largo del XVI el panorama educativo cordobés cambia sustancialmente con la fundación de una serie de centros. En 1516 se erige el colegio de Santa María de Gracia en el convento dominico de San Pablo. Los jesuítas llegan en 1553 y ponen en funcionamiento el de Santa Catalina, el doctor López de Alba patrocina en 1569 el de la Asunción y el obispo Antonio Mauricio de Pazos crea en 1583 el seminario de San Pelagio.
El II señor de Belmonte testa en octubre de 1506 y manifiesta los deseos de fundar un colegio, bajo la advocación de Santa María de Gracia, en el que estudiaran filosofía y teología una decena de becarios y con este objetivo lega unos sustanciosos bienes. Diez años más tarde los albaceas pactan con los frailes de San Pablo la materialización del proyecto en las dependencias conventuales, finalizando las obras de acondicionamiento en 1529.
Sin embargo, los colegiales, en su mayoría, se reclutan entre los estudiantes de la propia orden, mientras que los seglares constituyen un grupo insignificante. La situación causa un profundo malestar en la ciudad, puesto que contravenía los deseos e intenciones del fundador que eran proporcionar educación a los cordobeses.
Las clases impartidas en San Pablo no solucionan las necesidades educativas, de ahí el vivo interés de San Juan de Ávila en impulsar un estudio general con facultad para otorgar grados. Los denodados esfuerzos resultan fallidos, a pesar del apoyo que recibe del municipio.
Los deseos del santo en el ámbito educativo se ven colmados con el asentamiento en diciembre de 1553 de los jesuítas en Córdoba y la fundación del colegio de Santa Catalina, la primera que llevan a cabo en tierras andaluzas. La institución logra rápidamente un notorio prestigio en sus enseñanzas de gramática, filosofía y teología por la eficacia y modernidad de los métodos pedagógicos.
La intervención de San Juan de Ávila va a ser también decisiva en la fundación del colegio de Nuestra Señora de la Asunción, obra del doctor Pedro López de Alba, médico del emperador Carlos V. En las postrimerías de la década de los sesenta comienza su andadura este centro educativo, destinado a estudiantes pobres con vocación sacerdotal.
Por encargo directo del citado galeno, la Compañía de Jesús acepta en abril de 1576 la superintendencia del establecimiento con facultad de nombrar patronos y rectores, reformar las constituciones y controlar el funcionamiento en el plano económico, espiritual y educativo. Al mismo tiempo, los colegiales reciben las enseñanzas de filosofía y teología en las aulas de Santa Catalina.
El seminario de San Pelagio cierra la lista de fundaciones educativas en la capital cordobesa. El prelado de la diócesis, siguiendo las directrices de Trento, erige en 1583 un centro orientado a la formación del clero diocesano, si bien los problemas relativos a la dotación económica no se solucionan hasta unas décadas más tarde por el obispo Francisco Reinoso Baeza. Los becarios también acuden diariamente al colegio de Santa Catalina para realizar los cursos de filosofía y teología, una dependencia que se mantiene hasta los primeros años del siglo XVIII.
En la práctica, los jesuítas forman durante el XVII a la totalidad del clero diocesano, un caso que podemos calificar de singular. En las instalaciones del colegio de Santa Catalina cursan los estudios eclesiásticos los becarios residentes en el colegio de la Asunción y en el seminario de San Pelagio. También asisten numerosos alumnos externos o manteístas con la pretensión de ver cumplida su vocación sacerdotal.
Resulta evidente que la Compañía de Jesús es la encargada de formar al clero diocesano a lo largo del seiscientos y, por ende, ejerce una notoria influencia. Las enseñanzas impartidas alcanzan un nivel cualificado que se traduce en una buena preparación. Al mismo tiempo, el modelo sacerdotal que se proyecta tiene como referencia la figura de San Juan de Ávila.
En la nutrida nómina del clero secular encontramos numerosos presbíteros diocesanos que toman como prototipo en su ministerio a San Juan de Ávila y dejan muestras patentes de su admiración al egregio maestro de espíritu. Entre ellos cabe mencionar a título de ejemplos a dos beneméritos sacerdotes: los licenciados Juan Fernández de Huertas y Cosme Muñoz.
El primero ingresa de colegial en el seminario de San Pelagio, siendo natural de la villa de Luque.
El segundo, originario de Villar del Río, en la actual provincia de Soria, es un joven maduro de 26 años de edad que llega a la capital cordobesa procedente de Málaga con la idea de tomar el hábito de lego en el convento franciscano de la Arruzafa. Tras una tentativa frustrada, se produce su discernimiento vocacional y entra de alumno externo en el colegio de Santa Catalina para realizar los estudios eclesiásticos.
A pesar de la diferencia de edad y circunstancias personales, ambos cursan juntos los tres años de filosofía y cuatro de teología en el período 1600-1607 y reciben a la vez las órdenes menores y mayores del subdiaconado, diaconado y presbiterado.
Fernández de Huertas inicia su camino pastoral en 1607 y a lo largo de la primera mitad del XVII desarrolla una fructífera labor en su localidad de origen, desempeñando las funciones de vicario y rector de la parroquia. La admiración al Maestro Ávila se refleja de manera harto elocuente en el encargo de un cuadro de su efigie que posee en su domicilio y al morir dona a la iglesia de Santa Cruz para que “esté siempre colgado sin que nadie lo quite”.
Al igual que su amigo y compañero, el P. Cosme Muñoz comienza en 1967 el ministerio sacerdotal, siendo designado por el obispo fray Diego de Mardones en uno de los curatos de la parroquia de San Pedro con el fin de que acudiera con la demanda de limosnas al sostenimiento de las arrepentidas en el convento de la Encarnación y Santa María Egipciaca, cuya existencia peligraba tras la muerte de su protector el carismātico presbítero Juan Sánchez, discípulo de San Juan de Ávila.
Posteriormente en abril de 1609 el clérigo de Villar del Río recibiría el encargo de salvar el recogimiento de niñas huérfanas.
Cosme Muñoz acepta con entusiasmo esa última misión y logra con las aportaciones económicas de todos los grupos sociales transformar el recogimiento de huérfanas en una novedosa y pionera institución educativa que cristaliza en la fundación del colegio de Nuestra Señora de la Piedad.
Encontramos llamativas coincidencias entre el Maestro Ávila y el licenciado Cosme Muñoz en la labor social con las arrepentidas, la importancia dada a la educación y la dirección espiritual como instrumento de conversión.
La estela de San Juan de Ávila deja una profunda huella en el clero secular del XVII y, sin duda, la anunciada proclamación de Doctor de la Iglesia será un fuerte acicate en nuestra diócesis para la puesta en marcha de nuevas iniciativas centradas en el estudio de este santo excepcional.
Catedral Cordoba

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