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Orígenes del culto a los mártires hispanorromanos santos Acisclo y Victoria, patronos de Córdoba y su Diócesis.

18 de Marzo de 2012
Iglesia en Córdoba nº321 ImagenDe Córdoba al sur de Francia No sólo Córdoba y el resto de la península sino hasta el mismo sur del vecino país Francia, a donde se extendió a través de la antigüedad y el medievo por los reinos cristianos del norte, son el objeto de este estudio. Y junto con la devoción, la expansión de sus reliquias trasladadas a diversos puntos de culto religioso. Nos ofrece diversas fotografías originales del autor, de templos en Tolouse, Andorra, Oviedo, Girona, Lleida, Cantabria, Barcelona, Huesca, León, La Rioja, parte del mítico Camino de Santiago, así como los lugares cordobeses dedicados al culto de nuestros santos Patronos, entre ellos, el maravilloso altar del Monasterio de las Esclavas del Santísimo y la Inmaculada, de la Puerta del Colodro, así como el altar Mayor de nuestra Iglesia Catedral.

El exilio de los mozárabes Precisamente la persecución religiosa de los musulmanes contra los cristianos que no abjuraban del cristianismo y no se plegaban ante la fuerza del invasor, o no conseguían la gracia del martirio para el que se preparaban en las inmediaciones de la sierra cordobesa, hizo que los cristianos que huían hacia el norte hispano, llevaran consigo la devoción junto con las reliquias de Acisclo y Victoria, que fueron muy bien acogidas por provenir también de manos de cristianos perseguidos casi cinco siglos después, hermanos en la fe tanto de los mártires hispanorromanos de antaño, como de los contemporáneos mártires mozárabes.

La época mozárabe fue fecunda en el desarrollo del culto a nuestros
Patronos, ya que eran considerados como héroes que les servían de ejemplo y ánimo y como destinatarios de su devoción, bajo la dirección espiritual y el liderazgo indiscutible del gran san Eulogio de Córdoba.

El testimonio más antiguo Es el poeta Prudencio, en su Peristé-fanon, versos 19-20 del himno IV: “Y Córdoba dará a Acisclo y Zoilo tres coronas”, (¿la tercera, para Victoria?). Y el poeta cristiano Aurelio Prudencio escribió este libro de las Coronas o Peristéfanon, a finales del mismo siglo en que Acisclo fue decapitado. Del original del siglo IV existe una copia en el Códice Albeldense del siglo VII, que se custodia en la Biblioteca de El Escorial. Fue traducido por primera vez en 1623 por Vicente Blasco de Lanuza, de cuya obra se conserva un ejemplar en la Biblioteca Nacional.

A mediados del siglo VI, según manuscritos de la época, san Acisclo ya tenía una basílica dedicada en su honor, en las afueras de Córdoba, en el arrabal de los pergamineros, donde fue martirizado.

Por su parte, el ciclo narrativo sobre santa Victoria, se inicia con el calendario martirológico anónimo de Lyon, en el siglo IX, donde aparece citada junto a san Acisclo "mártires cordobeses en España, martirizados el mismo día”.

Patrono de Córdoba El mártir san Acisclo se configuró como patrono de Córdoba, como reacción a la pretensión de la monarquía visigoda de utilizar el arrianismo como método de cohesión de todo el reino, lo que provocó así la resistencia cristiana de los cordobeses en tor-
no a la figura de este mártir, quedando instituido como alma de la ciudad, identificándose con ella y siendo su representación, e incluso su guardián celeste, consideración ésta última que solo muy tardíamente perderá, en el siglo XVII, pasando a ser detentada por el arcángel san Rafael, como su custodio.

El culto martirial nació espontáneamente en torno al sepulcro del mártir. Es en el 304 cuando se promulga un edicto obligando a todos los cristianos a hacer sacrificios a los dioses de los romanos. El prefecto Daciano, en la península llegaría hasta el año 305, que por consejo del césar Galerio hizo cambiar de parecer a Dioclecia-no para incrementar la persecución religiosa. Ello originó una fuerte voluntad de martirio no ajena a un sentimiento de liberación, hasta que unos años después, en el 312, superado ya este periodo martirial, con la disminución del abismo con la sociedad romano-pagana, propició que la política de los emperadores occidentales diese un giro total y se orientase definitivamente a la integración del cristianismo. Será el Edicto de Milán, con el emperador Constantino, en febrero de 313, cuando cese el enfrentamiento con los cristianos.
Catedral Cordoba

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