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\"El peligro de Córdoba es vivir colgada de su pasado, lo único por lo que siente orgullo\"

10 de Febrero de 2012
Diario Córdoba

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Dicen de él que es la persona que más sabe de la Mezquita-Catedral, de su pasado y probablemente de su futuro, pues por algo lleva 40 años entre los papeles que cobijan la historia del monumento, y con ella la de Córdoba. Pero la verdad es que Manuel Nieto Cumplido, canónigo archivero de la Catedral y uno de los últimos humanistas que pasean por la tierra de Séneca y de Góngora, sabe de todo. Y todo lo guarda. "Un archivero no tira jamás un papel, porque siempre acaba sirviendo", ese es su lema. Y fiel a él, este devoto de la letra impresa, listo y precavido, amontona papeles en forma de libros, periódicos y cartas hasta en el sofá del salón de su casa. Se trata de un céntrico piso que habita en solitario, aunque por las tardes suele recibir visitas en busca de su consejo, claro y sincero. Porque no es Nieto persona de medias tintas.
Las mañanas las sigue dedicando al trabajo este septuagenario que presume de buena salud ("No he utilizado nunca la Seguridad Social, me apaño con pomadas", afirma). Se levanta a las seis y media para rezar el breviario y leer los periódicos, entre otros L'Osservatore Romano , que le permite estar al día de los acontecimientos vaticanos y, sobre todo, le supone mantener el vínculo con la Ciudad Eterna, donde estudió y a la que tan unido se siente. "Allí me conozco las líneas de los autobuses, cosa que no me pasa en Córdoba". A las 9.30 participa en la misa del cabildo en la Catedral y, tras un frugal desayuno, se pierde entre fríos legajos que para Nieto Cumplido tienen calor de verdadero hogar. "Como está prácticamente todo catalogado --comenta--, aquello es un consultorio de historia del que busca algún dato. El archivo ya no es solo un lugar de investigación sino de consulta".

--Y allí está usted para dar respuesta o incluso servir de cicerone si se tercia, ¿no?
--Don Demetrio, nuestro obispo, dijo una vez públicamente que yo era un archivo histórico viviente. Me resulta cómodo ayudar a los demás, pero la gente piensa que yo lo sé todo y yo ignoro mucho más de lo que sé.

--¿Rezarán algún día los musulmanes en la Mezquita?
--Plantar el pie con motivo de una oración es como llamar mezquita al monumento, que hoy es catedral. Decir mezquita es darle un cheque a los árabes diciéndoles que tienen derecho a lo que no lo tienen.

--Pero la Unesco nombró Patrimonio de la Humanidad la Mezquita, no la Catedral, como bien sabe usted que vivió muy de cerca el proceso.
--Sí, lo hizo, pero equivocadamente, porque la confundieron. La Unesco no tuvo en cuenta la recomendación del Icomos, en el sentido de que en este monumento había que tener como clave de interpretación su pertenencia a diferentes culturas, no definirlo por una etapa de su vida. Recordaba todo esto con don Antonio Alarcón poco antes de su muerte. Hablamos del esfuerzo que se hizo para aquella primera declaración frente al proyecto de desvalijamiento de todo lo cristiano que se pretendía. El Ministerio de la Vivienda tenía planos que proyectaban la actual Catedral sin el crucero. Pensaron que la isla grande del Guadalquivir, al pie del puente, sirviera como depósito de todos los sillares del crucero hasta que se montaran en otro sitio. Pero el Icomos se pronunció diciendo que había que respetar la historia del edificio. Después, cuando en 1984 se aprobó la declaración, pesó más la opinión del Ayuntamiento, y la Unesco se olvidó del acuerdo tomado por su propio organismo de acuerdo con el cabildo de la Catedral de no llamar Mezquita al monumento sino Mezquita-Catedral.

--El caso es que llegó la declaración y el monumento...
--Al que ahora, sin el menor respeto --corta--, le han adosado un edificio que parece una caja de cartón, horrible. Yo considero que lo hecho en Medina Azahara como centro de interpretación es exquisito, pero hacer ese adefesio ahí, estropeando la principal vista del monumento, que es desde el Campo de la Verdad...

--Ya veo que no le gusta el Centro de Recepción de Visitantes, aún no inaugurado. Supongo que tendrá mejor concepto de las visitas nocturnas, ese proyecto de tan complicada y larga gestación que ha desembocado en 'el alma del Córdoba'.
--El alma de Córdoba es el edificio, no un espectáculo artificioso. Yo no estoy de acuerdo con el resultado. A la sociedad moderna le gusta más la ficción que la realidad, pero ahí la realidad lo supera todo. No hay que fingir colores falsos, luces artificiales que nunca existieron para contentar al turista.

--¿Y Córdoba? ¿Cómo la ve?
--Es una ciudad que desde sus orígenes siente orgullo de su pertenencia al Imperio Romano, el más culto que se ha desarrollado en el mundo. Yo no creo en el senequismo, pero sí en ese orgullo que se repetirá a lo largo de la historia. Los miembros del grupo Cántico han tenido el mundo clásico como referencia paisajística y cultural, no el mundo árabe. Los últimos años de esplendor fueron la presencia en Córdoba de los Reyes Católicos con motivo de la conquista del Reino de Granada, cuando la corte tomó aquí asiento. Desde entonces, desidiosa, ha vivido un decaimiento provinciano, ha perdido el sentimiento de orgullo por su ciudad y copia lo que ve fuera. El peligro de Córdoba es vivir colgada de su pasado, lo único por lo que siente orgullo.
--A propósito de pasado, ¿recuerda usted la primera vez que pisó la Mezquita-Catedral?
--Sí, el 1 de junio de 1946, día que me examiné de ingreso en el Instituto y visité la capilla de Góngora. Carlos Clementson me proporcionó un texto de Aleixandre donde simula visitar de niño la tumba de Góngora y cuando lo leí dije: "Ese era yo".

Entonces, con 11 años, poco podía imaginar que acabaría de canónigo archivero. Al hacerlo culminaba una trayectoria que había iniciado muy joven, durante su destino como párroco en Peñarroya-Pueblonuevo, donde estuvo desde 1960 al 66 y se entretuvo en rastrear archivos. "A mí me gustaba la historia, y me di cuenta de la importancia que en los libros que yo compraba tenían las fuentes --recuerda--. Vi que no había nada catalogado y empecé por los pueblos del Guadiato. Tuve la suerte de que el primero fuera el de Fuente Obejuna, modelo de conservación de archivo parroquial. Después pasé a la zona de Los Pedroches y más tarde catalogué los de Palma del Río, mi pueblo, y El Carpio".

--Y todo a lomos de una Vespa.
--Sí, sí, hay fotos por ahí. Por todo aquello se fijó en mí la Real Academia --retoma su relato--, sobre todo a través de don Juan Bernier, que conocía los catálogos que yo había hecho en la Sierra. Me nombraron correspondiente y luego, en 1971, pasé a numerario. Participaba en las sesiones académicas con muchas conferencias y artículos publicados en el Boletín, y monseñor Cirarda pensó que yo podría servir para archivero. Al de entonces, don Salvador Pizarro, lo elevó de dignidad en la Catedral y abrió a una oposición la canonjía en 1972. Pero yo llevaba ya cuatro años trabajando como investigador privado en el archivo. Me he pasado muchas noches solo y sin teléfono trabajando.

--Debe de ser una sensación impresionante, ¿no?
--Impresionante. En aquel silencio cómo crujían las maderas del artesonado, eso sí que es un espectáculo de sonido. A las doce quedaba con los sacristanes de la Catedral, que vivían al lado, para que entraran y me acompañaran a la salida. Así años y años, lo que me permitió progresar mucho en la catalogación de las fuentes. Luego las fui ampliando a cualquier otro documento que existiera de Córdoba y su provincia en cualquier otro archivo, nacional o extranjero. Por ejemplo el Archivo Secreto Vaticano, estuve seis meses catalogando la documentación de los siglos XIII y XIV y me la traje. Fui también a la Biblioteca Nacional de París, a la del Museo Británico de Londres... Todo lo que he podido encontrar de Córdoba está catalogado y esto ha constituido un fondo de algo más de 30.000 fichas donde está contenida la historia medieval de Córdoba desde el siglo XII a 1.500.

--Un trabajo que le habrá requerido mucha paciencia. Ha sido usted lo que se dice un "ratón de biblioteca".
--Bueno, no me como los papeles (sonríe), pero cada cierto tiempo se fumiga el archivo, con técnicas modernas, contra los insectos y xilófagos. Le decía yo medio en broma al responsable de mantenimiento que no hay que preocuparse del polvo, es una película que protege. "Aquí estoy yo después de 40 años --le dije-- con una salud espléndida". He hecho otros muchos trabajos, he colaborado en el Catálogo Artístico y Monumental de la provincia, que son ocho volúmenes. Pero el trabajo que más me enorgullece es el Corpus Mediaevale Cordubense , somos la única provincia de España que tiene recopilada su documentación medieval.

--¿Qué recuerda de su época de cura rural?
--No fue rural, aunque sí viví bastante la ruralidad de las aldeas de Fuente Obejuna. Porque Peñarroya tenía su propia personalidad, me encontré un ser humano muy distinto al de la Campiña, que es abierto, dicharachero y no muy de fiar. Sin embargo te puedes fiar del de la Sierra si te da la palabra. Son más reservados, menos locuaces y muy ahorrativos, como les exige el ambiente pobre en que viven, pero los bancos de la Sierra tienen más depósitos que los de la Campiña, que gana y gasta con facilidad. Peñarroya, donde yo estuve, era distinta; era un pueblo que había vivido del sueldo de la Sociedad Minero-Metalúrgica y gastaba como recibía. Era gente más sencilla que los de Pueblonuevo, donde algunos se creían descendientes de los Rothschild, pero descubrí que Peñarroya tenía más historia y eso los animó. Me sentí muy satisfecho, son los mejores años que recuerdo.
También recuerda su infancia en Palma del Río como una época feliz, y eso que la guerra no puso las cosas fáciles a la familia. Su padre, que jamás habló de la contienda, "fue apresado por los rojos y después por los nacionales, estuvo expuesto a la muerte por los dos bandos", dice, y hasta hubo de esconderse todo un verano entre los aleros de dos tejados para sobrevivir. Pero, a pesar de aquellos años de represión, parte de cuya memoria dejó escrita en un libro sobre los mártires de la guerra en Córdoba, el canónigo archivero --que no es hombre dado al sentimentalismo-- sonríe recordando su niñez. "Mi familia pertenecía a la clase media; mi padre tenía un restaurante, nos podía pagar un colegio y comíamos todos los días en aquella época de hambre --se consuela--. Aprendí las primeras letras en una miga, con una viuda de la guerra que puso su pequeña escuela, pero enseguida entré en el colegio de la Inmaculada y las monjas fueron las que me condujeron a un horizonte religioso. Primero como monaguillo, luego quise ser seminarista. Mis padres quisieron que hiciera el Bachillerato y me examiné de ingreso en el Instituto, pero en septiembre repetí examen para ingresar con 11 años en el Seminario".

--¿Cómo era el Seminario en los duros años de postguerra?
--Era un edificio espléndido, ahí está, pero se pasaba mucha hambre, había muchísima escasez; lo normal era que el pan faltara. Hasta que llegó la ayuda americana de la leche y la mantequilla te comías hasta las piedras. Yo siempre he sido de poco comer, pero a mí el Seminario me quitó el gusto por la comida.

--Sin embargo acabó de gastrónomo, al menos en la vertiente intelectual.
--Eso fue por el empuje de Pepe García Marín, que me animaba a rebuscar en los archivos recetas antiguas para luego incorporarlas a la carta del Caballo Rojo. Pero no sé apreciar una buena comida.

--He oído que es usted muy austero, y que en el Seminario, no sé si de niño o ya cuando volvió de profesor, dormía sobre una tabla. ¿Es verdad?
--Bueno, yo dormía --zanja la cuestión--. Yo trabajaba mucho, y a pesar de las estrecheces, tuvimos la ventaja de recibir la formación de los jesuitas, que tenían los mejores colegios en España. Fuimos unos privilegiados: la razón, el esfuerzo, el control del sentimiento, la responsabilidad, todo eso nos enseñaron los jesuitas. Gracias a esa formación mi actividad ha sido preeminentemente intelectual.

La verdad es que este sacerdote que cuando está en casa pone como banda sonora las noticias de la RAI, ha sido un cura atípico. Como historiador formó parte del comité de redacción de las Actas del I Congreso de Historia de Andalucía, celebrado en Córdoba, a lo que no le da ninguna importancia porque, confiesa "para mí el andalucismo pinta poco; me dieron un premio por un trabajo que hice sobre regionalismo medieval pero se confundieron, porque lo que quise era demostrar que Blas Infante no tenía ni idea de lo que era la historia de Andalucía".

--Cuénteme cómo vivió la Transición política.
--En los tiempos predemocráticos, cuando los movimientos de izquierdas bullían en Córdoba, recogía todos los panfletos que me encontraba en el suelo sabiendo que un día serían historia. Coleccioné el boletín del PCE, bien escondido, y como los comunistas se vieron obligados a destruir sus materiales porque la policía los tenía fichados, mi colección es hoy la única existente, la tengo encuadernada. Al interesarme por esos papeles pensaron que era comunista, y un día me visitaron en el archivo Rafael Sarazá y Carlos Castilla del Pino. El archivo está en la antigua galería de unión con el Alcázar y tiene puertas que van cerrando las estancias. Castilla me preguntó aquella mañana si podíamos ir cerrándolas y me quedé mosca porque esas puertas no se cierran, y es que querían proponerme que formara parte de la Plataforma Democrática. Pero yo les contesté que si detrás estaba el Partido Comunista mi respuesta era "no". Un día me encontré con Martínez Bjorkman, que sabía de aquella visita, y me dijo: "Es que tú eres un equivocado".

--Lo que sí aceptó fue ser delegado provincial de Cultura.
--Sucedí a Rafael Mir, fue desde 1979 al 82. Me permitió conocer la administración del patrimonio. Puse en pie un plan de restauración de templos que no habían sido reformados desde la desamortización. Y desde el 82 hasta 2004 en que tuve la gestión directa sobre el patrimonio arquitectónico de la diócesis salvamos 119 edificios de la Iglesia muy deteriorados. Durante los primeros años de la autonomía hubo una gran colaboración entre la Junta y la Iglesia. Luego, no solo por razones políticas sino por demanda de la sociedad, se vio otros valores que había que restaurar, por ejemplo los teatros de los pueblos, que a nadie habían importado nada y hoy están infrautilizados, se ha gastado el dinero de manera muy alegre. Después vino una etapa radicalmente laicista.

--Aparte del archivo, ¿qué le entretiene o divierte?
--El estudio. De seminarista jugaba al fútbol, y estudiando Filosofía, al ajedrez y al pimpón, pero he ido perdiendo las aficiones. Tengo televisión por satélite y eso me permite, en las lenguas que entiendo, francés e italiano, acceder a un mundo más abierto que el nuestro. Siempre he tenido curiosidad por las noticias internacionales.

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