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El abad que se encargó con los obispos y tradujo a los emires.

30 de Octubre de 2011
el Dia de Córdoba

ImagenHABÍAN transcurrido nueve años desde la muerte de Perfecto, el primer mártir mozárabe al que seguirían decenas de hombres y mujeres que pedían o provocaban, ante los emires, sus jueces o visires el martirio voluntario. Atrás quedaba el concilio de obispos que desaconsejó la auto inmolación en Córdoba, las muertes de Flora, María y tantos, que no cesarían hasta la de Eulogio.

Cerrado ese capítulo la convivencia entre mozárabes e islamistas comenzaba a vislumbrarse más serena y, sin duda, lo fue por parte de las dos fracciones de la población, pero no así entre algunos reductos de exobispos que, emulando los términos de la posterior conquista cristiana, podrían llamarse “islamistas nuevos”, encarnados en tres hombres: Samuel, Servando y Hostegesis. Habían recalado en Córdoba, expulsados de sus respectivas diócesis. El último de ellos llegó al Obispado de Málaga con 20 años y mediante simonía o la compraventa material de bienes, cargos o dones espirituales. Allí se distinguió por el maltrato a los cristianos con castigos e impuestos escandalosos. Polémica era la vida de los tres en esta ciudad, en donde encontraron a un abad crítico que, a pesar de ser de un pequeño monasterio, el de Peñamelaria, se enfrentó al poderoso triunvirato de los exobispos.


Fue conocido por el Abad Sansón. Los escasos datos que de su biografía y hechos se tienen, son recogidos de la magnífica traducción de su gran obra, Apologético, del profesor Palacios Royán. Por él sabemos que nació en el año 810 en Córdoba; que estudió y llegó a dominar las Sagradas Escrituras, el árabe y el latín. Estos conocimientos le llevaron a ser requerido como traductor en distintas ocasiones por el emir Abderramán II, entre ellas para las negociaciones con el franco Carlos El Calvo, que ofreció la rendición al rey cordobés y obsequios, a cambio de paz.

De la lectura de Lévi Provenzal se desprende que estas colaboraciones de los mozárabes con la corte Omeya eran frecuentes. Uno de los cronistas más conocidos sería Recesmundo, que escribió para Alhakem II los textos latinos del celebérrimo Calendario de Córdoba; fiestas, ritos y creencias cristianas y andalusíes, estas últimas cargadas de sincretismo, entre el Islam de Mahoma y la creencia en los astros del origen religioso Omeya.

Con la muerte de San Eulogio (859) comienzan a cerrarse los conflictos que creó este líder y las matanzas casi masivas de Muhammad I. Pero aparecen los tres ex obispos antes mencionados y el Abad Sansón decide encarar su actitud ante el silencio miedoso de Valencio, obispo de Córdoba. Hostegesis provoca un concilio en la capital en contra del abad, al que pretende acusar de herejía. Sansón entregó una profesión de fe a los obispos que fue elogiada, pero intimidados por el malagueño firmaron una condena de excomunión contra el abad. Valencio estampó la sur ya y, pasado un tiempo, envió la profesión de Sansón a los prelados que no habían asistido y acabaron por declararlo inocente, destinándolo a la iglesia de San Zoilo. La respuesta de Hostegesis y Servando fue el intento frustrado de una condena a muerte, que acaba con el cese en la parroquia y el exilio voluntario a Martos de abad. Hasta allí de persiguen los tentáculos de Hostegesis; la respuesta del abad fue a través del cálamo con su magnífico Apologético.

Otro documento historiográfico que lo inscribió en los anales, fue la campana que lleva su nombre. De ella daba noticia, ya en 1843, el Semanario Pintoresco Español. Según éste, la hallaron dragando un pozo a principios del siglo XVI entre Trassierra y Espiel. Teniendo en cuenta que la primera fabricación de estas piezas en Europa data del 400 y su implantación en la cristiandad es del 604, “en toda España no ha quedado otra más antigua que la del Abad Sansón”. La revista recoge datos de su peregrinar: conservada en un principio en el monasterio de San Jerónimo hasta la primera exclaustración (posiblemente la napoleónica de 1809), fue llevada al Colegio de la Asunción. Hoy se custodia en el Museo Arqueológico de Córdoba. Tiene una inscripción “definitiva para la datación de la pieza”, dice la clasificación del inventario de fondos, y que se trata de “una magnífica pieza de bronce”, corroborando que es “la más antigua campana cristiana que se conserva”, y es un vestigio fehaciente de “la presencia cristiana en la Córdoba Califal”. Se encontró a 20 kilómetros de la cuidad, en un lugar indeterminado de la Sierra, en el término de Espiel y reza: “Esta es una ofrenda del abad Sansón al monasterio de San Sebastián, año 955”. El hecho de hallarse en Es-piel, ha vinculado con frecuencia al abad con aquella villa, curiosamente bajo la advocación de San Sebastián, si bien desde el siglo XVII. Pero atendiendo de nuevo al catálogo del Museo Arqueológico “El abad Sansón, que protagoniza la donación de la campana, no ha podido ser identificado, por más que algunos quisieran hacer recaer tal responsabilidad sobre el famoso abad y literato Sansón de Córdoba, fallecido en el año 890”. Sí parece probable que fuera él, según las fechas del Apologético de Palacios Royán, al decir que “en el año 875 ofreció a la iglesia de San Sebastián, en la Sierra cordobesa, una campana”, la que hoy conserva el museo cordobés; y que murió “Cansado de años (...) el 21 de agosto de 890, según consta en el epitafio que el arcipreste Cipriano escribió para su tumba”, asegurando que falleció lleno de celebridad y pregonado por toda España.

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