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La rebelión de Omar Ben Hafsún

Pinceladas de la historia andaluza
27 de Agosto de 2011
ABC

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En torno al año 880 Omar ben Hafsún inició una revuelta que trajo en jaque durante varias décadas a los emires cordobeses y puso de manifiesto las graves tensiones sociales que agitaban Al-Andalus por aquellas fechas.
Omar ben Hafsún nació en la segunda mitad del siglo IX en algún lugar de la Serranía de Ronda en el seno de una familia de terratenientes perteneciente a la antigua nobleza visigoda. Era un muladí, un musulmán de ascendencia cristiana. A pesar de sus ancestros nobiliarios, el hecho de ser un convertido hacía que su papel en la sociedad andalusí fuera secundario, al estar configurada la sociedad sobre la base del poder de las familias de origen árabe que llegaron, fundamentalmente, en la segunda oleada in- vasora, a las órdenes de Musa ben Nusair.
Es muy poco lo que se sabe de la primera etapa de su vida. Sabemos que tenía dos hermanos varones y que su padre murió despedazado por un oso. La causa por la que inició su rebelión está relacionada con el robo perpetrado por un pastor bereber de algunas cabezas de ganado pertenecientes a su familia. Se enfrentó a él y lo mató, viéndose obligado a huir y esconderse en los riscales del desfiladero de los Gaitanes, en la cuenca alta del río Guadalhorce. Buscó refugio en las ruinas de un viejo castillo que con el tiempo se convertirá en el corazón de lo que serían sus dominios: Bobastro.
Con otros fugitivos de la justicia comenzó una vida de bandidaje, extendiendo sus correrías por la cora de Rayya (Málaga) hasta que fue apresado por el valí que mandó azotarlo, pero no ajusticiarlo, al ignorar la muerte del bereber. Huyó al norte de África y se instaló en la localidad de Tahart donde aprendió el oficio de sastre, pero en el 880, animado por otro muladí, regresó a Al-Andalus y con la ayuda de algunos familiares se convirtió en el jefe de una partida de descontentos, excluidos sociales y fugitivos de la justicia. Convirtió su antiguo refugio de Bobastro en una fortaleza inexpugnable y desde allí desafió el poder de los emires omeyas cordobeses.
Muy pronto la gente agrupada en torno a Ben Hafsún fue mucho más que un grupo de malhechores. Entre ellos había muladíes, también mozárabes —cristianos que se habían mantenido firmes en su fe- postergados socialmente y algunos bereberes, cuyo papel social tampoco brillaba bajo el dominio de la aristocracia árabe. Se convirtió en el adalid del descontento social siendo muchos los que se sumaron al movimiento que encabezaba y contó con el apoyo de la población en muchos lugares. El movimiento alcanzó tales proporciones que el emir Muhammad le ofreció el perdón a cambio de luchar bajo sus banderas. Ben Hafsún aceptó y demostró sus capacidades, pero no consiguió el reconocimiento que esperaba por sus méritos. Los grandes dignatarios lo menospreciaban y, herido en su orgullo, se rebeló nuevamente y se convirtió en un grave problema para los emires.
Desde Bobastro extendió sus dominios por las coras de Rayya, de Elvira y de Cabra. Tras una campaña en la que el emir Al-Mundir, sucesor de Muhammad, hubo de ponerse al frente de sus tropas, Ben Hafsún quedó aislado en Bobastro, pero logró resistir. La muerte de Al-Mundir fue un respiro y con la subida al trono de Abdallah por todo Al-Andalus se produjeron rebeliones, que Ben Hafsún aprovechó para extender de nuevo sus dominios por tierras de la actual Subbética cordobesa y por la campiña de Sevilla; se apoderó de Espeta, Écja, Osuna, Priego, Cabra y Baena, penetrando también en tierras de Granada y Jaén. Sus dominios se extendían por el corazón de Andalucía y sus tropas llegaban hasta las mismas puertas de Córdoba. En una de las batallas más importantes de la historia de Andalucía, Omar ben Hafsún sufrió una grave derrota a las puertas de Polei (Aguilar de la Frontera) en el 891. Ahí comenzó su declive
En el 899 se bautizó como Samuel, lo que incorporó muchos mozárabes a sus filas, pero retrajo a los muladíes y los bereberes. Desde la fortaleza de Bobastro continuó la lucha contra los emires hasta su muerte en el 917. Abd-al-Rahmán III, poco antes de proclamar el califato cordobés, entró en Bobastro, tras derrotar a los hijos de Ben Hafsún en el 928.
Hoy, el visitante que acuda al nido de águilas donde se alzan las ruinas de la capital de aquel efímero estado que desafió el poder de los omeyas puede encontrar restos de las fortificaciones que la protegieron y de una singular iglesia rupestre.

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