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La poetisa, bibliófila y consejera de los cortesanos de Almanzor

Aixa Bint Ahmad Ibn Muhammad Ibn Qadim, la cordobesa, creció en los umbrales de los taifas andaluces, fue consejera real y se hizo célebre por sus poemas, panegíricos y por su elocuencia
14 de Agosto de 2011
el Día de Córdoba

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HABÍA pasado más de un siglo desde la llegada del músico Ziryab a la corte de Abderramán II. El emir estrenaba mandato y Córdoba, la poesía femenina ausente en Europa desde Safo. El Pájaro Negro introdujo, entre sus numerosas aportaciones al protocolo y la música europea, las composiciones de sus alumnas que, mezcladas con las mujeres de los harenes cordobeses, hicieron posible la aparición de las poetisas de Al-Ándalus, germen y antecedente de la literatura femenina, que no volvería a dar nombres conocidos en la península hasta el siglo XVIII. Fueron más de 40 los recogidos por Teresa Garulo, si bien en el anonimato quedarían por siempre centenares de ellas atendiendo a las múltiples crónicas medievales que consideran a Córdoba, cuyo testigo recogió Elvira, como la ciudad donde hubo mayor número de escritoras. Pero tan sólo de tres quedan algunos poemas: la princesa Omeya Wallada, su discípula Muhya y Aixa Bint Ahmad Ibn Muhammad Ibn Qadim Al-Qurtubiyya, más conocida como Aixa la cordobesa.

La vida y la obra de Aixa transcurrieron en el siglo XI. Aparecen fragmentadas en los párrafos sueltos, siendo su recomposición un complejo rompecabezas en el que, con frecuencia, y salvo en el supuesto de las princesas y nobles, no existen piezas fundamentales como el nombre del padre y, por descontado, el de la madre. En el caso de esta poetisa, Garulo la sitúa en el seno de una familia culta y "muy conocida en Córdoba. Varios parientes suyos aparecen en las fuentes biográficas árabes…". Así, el apellido del abuelo, Qadim, sería luego célebre en la composición de casidas y moaxajas, o el del bisabuelo Ziyad. Las fuentes consultadas beben de Ibn Baskuwal (siglo XII), que lo hace a su vez de Ibn Hayyán, considerando Garulo que son la única fuente y a ellos remiten H. Pérès, Ribera, Dozy o las actas de distintos congresos sobre Al-Ándalus.

"Entre las muchas señoras de la alta sociedad cordobesa que tuvieron afición a los libros -dice Ribera- se puede citar a Aixa, de familia muy principal, a quien los amores literarios dieron tales instintos de independencia que no quiso casarse nunca, muriendo también doncella y de edad avanzada…". Responde de este modo al modelo de sabias, maestras y poetisas andalusíes, generalmente solteras y longevas. No parece que se dedicara a la enseñanza ni a las ciencias, como era frecuente, y se la consideraba "un portento de elocuencia en sus odas, modelo de decir en sus versos, y tenía habilidad tan grande para la copia que causaban admiración los códices y opúsculos que personalmente escribía de su propia mano", incluso improvisando, como en la recepción en que impresionó a Almanzor y a todos los presentes. Aunque si cierto, debía ser muy niña, pues el amirí murió en 1002.

No hay poemas de amor, sí una sátira-respuesta a un enamorado que traduce así Garulo: "Una leona soy/y nunca me agradaron los cubiles ajenos,/y si tuviera que escoger alguno/nunca contestaría a un perro, yo/que tantas veces los oídos cerré a los leones". La misma autora transcribe del árabe esta semblanza de Ibn Baskuwal: "En su tiempo no había entre las mujeres nobles de Al-Ándalus nadie que la igualase en capacidad de comprensión, en conocimientos religiosos y profanos, en dotes poéticas y retóricas, en virtud, elocuencia y buen juicio". Y dice Al-Maqqarí: "Aixa, hija de Ahmad, la cordobesa, escribía alcoranes con muy hermosa letra". La reseña junto al hijo de Alí al-Fawaris de Córdoba -famoso por el volumen de coranes reinando Alhakam II, en cuya redacción empleaba dos semanas- y otros nombres masculinos, destacados por su destreza en la confección y tratamiento de libros sagrados, oriundos de Sidonia, Toledo, Málaga, Sevilla, Guadalajara y otras provincias del reino de Córdoba que tenía en su Mezquita Aljama el códice alcoránico califal, reseñado y halagado en múltiples crónicas. Encerrado en un bellísimo estuche, necesitaba más de diez operarios para su desplazamiento en la oración del viernes. Estuvo en el templo hasta mediados del XII. Luego, su destino se bifurca en múltiples versiones. Para unos, acompañó a los almohades en sus expediciones, concediéndoles suerte y bendiciones; para otros estuvo en Portugal en el XIV, y acabó "en manos de un comerciante de Fez". Y, según recoge Dozy, tras la entrada cristiana fue quemado por los nuevos conquistadores junto a centenares de códices de la Mezquita.

Sabido es el dicho que aconsejaba ir a Sevilla a comprar instrumentos musicales y a Córdoba a vender libros de los sabios. La celebérrima biblioteca de Alhakam II fue, además de personal, herencia de los fondos de su hermano Muhammad y de su padre y primer califa Abderramán III, siendo frecuentes estos legados entre familias nobles y un signo de distinción, de tal modo que un mercado de libros de Córdoba es el primer escenario conocido en donde un rico lego pujó con un poeta por un ejemplar; lo quería porque encajaba en el hueco y la decoración de su biblioteca. Pero Aixa no se limitó sólo a recoger la biblioteca familiar a juicio de Ribera: "Con su afición a coleccionar libros, llegó a reunir una de las bibliotecas más famosas de la Córdoba de entonces". Lo refrenda Ibn Hayyán: "Tenía una hermosa letra y copiaba coranes y otros libros (…), conocía las ciencias religiosas y tuvo una buena y abundante biblioteca". Aixa Al-Qurtubiyya murió en Córdoba en el año 1009 de la era cristiana, que la silenció durante mil años.

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