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Los templarios en Andalucía

14 de Agosto de 2011

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La más famosa de las órdenes militares medievales fue la de los Pobres Caballeros de Cristo, más conocida como Orden del Temple —por haber tenido el cuartel general durante sus primeros años de existencia en el solar donde se alzó el templo de Salomón— y a sus miembros como templarios.
La leyenda y el misterio envolvieron su historia desde los orígenes de la Orden. Constituida como milicia para proteger a los peregrinos que, tras la Primera Cruzada, acudían a visitar Palestina, según nos cuentan Jacques de Vitry y Guillermo de Tiro —las fuentes más antiguas que recogen noticias de la Orden—, lo cierto es que no vigilaron los caminos ni protegieron a los peregrinos. Tras su llegada a Jerusalén se encerraron entre las ruinas del Templo y, después de nueve años, los nueve caballeros que, bajo el mando de Hugo de Pa- yens, constituyeron el núcleo inicial de la orden, regresaron a Occidente. Sobre lo que hicieron en aquel tiempo solo hay especulaciones. El final de la Orden, disuelta por el papa Clemente V, y la muerte en la hoguera, acusado de herejía, de Jacques de Molay, su último maestre general, en 1314 ha dado lugar a numerosas leyendas.
Llama la atención la gran expansión de los templarios y su enorme poder adquirido en muy poco tiempo. Se extendieron por todo el Occidente cristiano que dividieron en nueve provincias, a cuyo frente había un maestre, mientras que el maestre general —denominado por algunos como gran maestre— estaba en Tierra Santa. Miles de encomiendas y centenares de fortalezas convirtieron a los templarios en uno de los poderes políticos, militares y económicos más grandes de los siglos XII y XIII.
Su presencia en la península Ibérica fue muy importante. Al sur del Tajo, el rey Alfonso VII le entregó la plaza de Calatrava como avanzadilla sobre los pasos que conducían al valle del Guadalquivir, pero los templarios la abandonaron aludiendo dificultades para defenderla ante el avance almohade. Este abandono no mermó su prestigio y colaboraron con Alfonso VIII en la batalla de las Navas de Tolosa, donde tuvieron una destacada actuación y en la que perdió la vida su maestre provincial, Gómez Ramírez. Los templarios también participaron en las campañas de Fernando III que permitieron la ocupación del valle de Guadalquivir. En la conquista de Sevilla tuvieron su propio campamento y por su participación el rey les concedió extensas propiedades en la zona de Fregenal de la Sierra, que por entonces pertenecía al reino de Sevilla, donde también recibieron varios heredamientos. No llegaron a constituir una encomienda, probablemente porque en la segunda mitad del siglo XIII los templarios concentraban sus esfuerzos en defender lo que quedaba de Tierra Santa en manos de los cristianos. Muchos caballeros perecieron en la defensa de San Juan de Acre, la última posesión cristiana en aquellos territorios.
Fundaron casas conventuales en Córdoba y Sevilla. En Córdoba se ha apuntado que el convento fue la Torre de la Calahorra y se mantenía con las propiedades que la orden tenía en esta ciudad y otras que poseía en la villa de Castro del Río. El de Sevilla estuvo donde luego se alzaría un convento franciscano, ubicado en la actual Plaza Nueva.
Las noticias referentes a la presencia de los templarios en otros lugares de Andalucía no están tan fundamentadas. Es el caso Aracena, donde vincula su poderoso castillo a la orden de los monjes guerreros, o el de Almonaster, en tierras de Huelva, donde también se ha especulado con su presencia en los monasterios de Nuestra Señora del Valle, en la Palma del Condado y de Santa María de la Rábida. También en la localidad de Trigueros hay una iglesia con el significativo nombre de San Antón de los Templarios. Lo mismo ocurre con las inciertas referencias que los sitúan en el santuario de Santa María de la Cabeza, en Andújar. También en Martos la voz popular denomina una casa como la del Temple y, al parecer, está ligada a la existencia de pasadizos subterráneos.
La supresión de la Orden del Temple, acusados sus caballeros de prácticas heréticas, dio lugar a toda clase de especulaciones y en la fiebre historicista desencadenada por el romanticismo decimonónico surgieron numerosas sectas que se decían herederas de los Pobres Caballeros de Cristo. En Andalucía surgió la denominada de «Los Doce Apóstoles» que se reunía en castillos como los de Aracena (Huelva) o La Iruela (Jaén) que desde entonces tienen cierta «impronta templaria».

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