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Otro cuarto a espadas (3)

20 de Octubre de 2018
Diario Córdoba

Detrás de toda cuestión política o social late hoy otra de índole económica, dada la avasalladora fuerza de tal temática en el mundo presente. De ahí, por ende, el peralte revestido por las cifras y números de los billetes de entrada y consiguientes ingresos introducidos en las arcas del Cabildo Catedral cordobés. A la husma de euros en una ciudad de pesarosas y hasta, si se quiere en más de un extremo, excruciantes tasas de paro y no menos terebrante exilio de buena parte de su población más joven, nada tiene de sorprendente que su Ayuntamiento busque sin desmayo ni pausa cualquier medio que pueda acrecentar el caudal de sus a menudo muy menguadas arcas.
Enfrentado a ese horizonte, el boyante tesoro del otro cabildo no puede por menos de suscitarle una lógica envidia y un aún más natural deseo de compartir en alguna medida la riada de numerario que cada día se precipita sobre una Iglesia diocesana con merecida fama de acaudalada desde ha siglos y hasta el mismo presente del Concilio Vaticano II, según estudiaran con acribia sobresalientes contemporaneístas cordobeses, a la manera, entre otros, de la Dra. Mª Dolores Muñoz, Dueñas, Vázquez Lesmes y J. García Cuevas.
Tema enrevesado como todos los de la misma naturaleza, mas con una conclusión clara. La organización y distribución de los ingresos aportados por el turismo al Cabildo Catedral pertenece a este. Si, como recientes acontecimientos han vuelto a poner de relieve con el mayúsculo desastre de las numerosas Cajas de Ahorros y Montes de Piedad propiedad de la Iglesia a lo largo y ancho de toda la geografía peninsular e insular, fue siempre cuestión esquiva la relación dinero-religión, el destino en España de los ingresos provenientes de la recaudación del turismo de templos y catedrales es asunto indeficientemente abocado a la polémica.
De un lado, es incontestable que el sufragio y atención de las múltiples exigencias derivadas del mantenimiento del culto asistencial y otras labores muy pertinentes a la naturaleza y esencia espirituales de dichas instituciones drenan cantidad muy importante del porcentaje recaudatorio señalado; sin, por lo demás, olvidar otros menesteres y servicios de índole más íntima o privada, como, v. gr., becas de estudio o bonos de mantenimiento.
De otro, se ofrece no menos innegable, como acaba de señalarse, las deficiencias que se apuntan en el día a día de la contabilidad de las Iglesias diocesanas más visitadas por el turismo interno y, sobre todo, el externo. No hay pruebas fehacientes en guarismo llamativo de un uso censurable de los ingresos mencionados. Frente a la extendida opinión de un anticlericalismo siempre reverdecido en España, es difícil avalar la tesis de una corrupción institucional en algunos renombrados lugares de la geografía episcopal hispana. En todo caso, pueden darse corruptelas más o menos generalizadas. Pero en tal tesitura, su erradicación ha de ser, desde luego, total. Ya carga en nuestros días la Iglesia docente con el abrumador peso de la pederastia, para añadírsele, el del economicismo a ultranza. No hay, finalmente, que exagerar en exceso la mercantilización desapoderada de los bienes culturales de la Iglesia denunciada de nuevo por plumas novelísticas o ensayísticas con justicia muy leídas. Sin ir muy lejos, la organización económica del turismo catedralicio sevillano es modélica, en la opinión y sentir de cualificados especialistas, respecto a su reglado y exhaustivo capítulo de ingresos y gastos, anotados con minuciosidad benedictina. Ejemplo, por supuesto, digno de admiración y aplauso y tal vez no demasiado difícil de seguir.

* Catedrático

Catedral Cordoba

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