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Conspiranoias de la Mezquita-Catedral

27 de Septiembre de 2018
ABC Córdoba

Entre los muchos destrozos que dejará, y para bastantes años, ese monstruo de mentiras, manipulaciones e imposturas sin sonrojo que se ha levantado alrededor de la Mezquita-Catedral, está el de desquiciar a mucha gente hasta llevarla a los laberintos delirantes de una realidad paralela. Los que de forma tan honrada como equivocada piensan que el monumento debe ser público viven en una espiral de cuentos de guion efectista, pero tan novelero y absurdo como una historia de Dan Brown.
Mandar a la gente a defender la historia de que la Iglesia compró la Mezquita-Catedral por 30 euros (cuando en realidad el trámite era gratis, como recordaba el otro día Rafael Ruiz, que lo había visto), de que era del Estado hasta 2006 y de que el monumento más mimado de España tiene problemas de conservación es como llevar a un soldado al frente con un tirachinas diciéndole que es un arma de destrucción masiva; el general sabrá por qué lo hace y a lo mejor se beneficia de ello, pero el pobre infante no tendrá más gloria que la de volver a casa en un ataúd con una bandera.
Los que han leído la historia y conocieron antes de 2006 aquel edificio del que todos hablan saben que es mentira y podrán argumentar, pero también ellos se contagian y ven cómo la razón y la lógica, de tanta fiebre, dicen cosas absurdas. A lo mejor es lo que se busca: si tantos políticos y satélites dicen que la Mezquita-Catedral era antes pública, si les resbala como la lluvia en un impermeable cuando les recuerdan que firmaron acuerdos en que reconocían que era de la Iglesia, algunos piensan en si les falla la memoria o si hay un complot para volver loco a todo el mundo.
Son las conspiranoias, que en estos tiempos en que cualquier lema sonoro en las redes sociales se cuela sin filtro en la cabeza de la gente, explican con algo de tiniebla y mucho suspense dónde están las razones que se ocultan y por qué se esconden. Con la Mezquita-Catedral puede haber dos teorías cospiranoicas. La más castiza es la que deslizó el otro día un funcionario de la memoria histórica: a Córdoba (y habría que explicar qué entendía él por «Córdoba») le vendría bien el dinero de la taquilla. A diez euros por un millón largo las cuentas marean: se puede arreglar la miseria energética y la pobreza infantil, y si hay goteras en el monumento se le echa la culpa a los curas.
El segundo requiere hacer memoria. En el mítico 2006 Mansur Escudero pedía el rezo compartido y hasta lo practicó ante los japoneses en la calle Torrijos. Le jaleaban muchos de los que ahora hablan de la inmatriculación, el primero el profesor Rodríguez Ramos, ya tocado con el nombre artístico de Antonio Manuel propio de concursante atildado de «Se llama copla», pero también una surtida macedonia de intelectualoides y gente con ganas de dejar el tajo de la pluma y el micrófono. Ahora dicen que se mantendría el culto católico, pero les gusta sacar fotos que ellos llaman «limpias», es decir, sin las capillas e imágenes católicas que llevan allí desde la Edad Media.
En realidad son historias tan naïf, o no, como la de los 30 euros, pero yo me acuerdo de Chaves Nogales, que sólo reconocía un pecado: «El pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo». Parece que algunos no sólo cayeron, sino que le tomaron cariño y quieren que todo el mundo se bañe en el lodo narcótico de su vicio.

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