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Como pintan la fe

13 de Septiembre de 2018
Luis Miranda

A la Mezquita-Catedral se le está poniendo cara de Juana Rivas o devíctima de la Manada. En los dos casos, sobre todo en el de Pamplona, los argumentos de los jueces y los hechos probados son menos importantes que el relato que se quiere hacer para contar las cosas como conviene; en los tres casos, también en el del monumento, importan mucho menos la verdad y las cosas que se pueden demostrar con documentos o testimonios coherentes en la mano que la voluntad de que la historia termine como quieren los que la cuentan. Más que un juez, quieren que dicte sentencia un guionista, y alguno sueña con una escena final en la que el Estado reconquista lo que en la vida real jamás tuvo.
Mejor que nunca se puede aplicar aquí la palabra prejuicio, porque afronta un proceso en el que no importan los hechos ni los escritos, las leyes ni lo que se puede probar, sino que quiere salirse con la suya por el simple valor de una narración que se ha escrito antes de empezar. Ahora se llama relato y no es la historia que escriben los vencedores, sino la que cuentan los que quieren ganar sirviéndose de ella. El relato de Juana Rivas se escribía solo: una madre que quiere proteger a sus hijos de su padre maltratador, dicho así todo junto, y se niega a entregárselos, como ordenaron varios jueces en distintos momentos. ¿Quién se iba a poner en contra de la criaturita llorosa? Pues varios jueces que dijeron que era el hombre quien tenía la custodia, que sospecharon de las denuncias en pleno proceso y que apuntaron todas las veces que les desobedeció. Cuando al final tuvo que dejar a los niños en Italia le cayó una condena espeluznante, pero ajustada a derecho, el feminismo profesional empezó a pedir su indulto y hasta se oyeron argumentos atroces: «Independientemente de los conceptos jurídicos...». Una historia que hubiera quedado estupenda en una miniserie no se iba a estropear por un simple fallo judicial.
El asunto de la Manada, en el que cientos de miles de personas salieron a la calle para gritar como si ellos mismos hubieran estado mirando en ese portal maldito, dio una de las claves con el lema: «Hermana, yo sí te creo». Sin conocerla de nada, sin haber visto ninguna prueba y con muchos programas de televisión como argumento, en realidad lo que hicieron fue un soberano acto de fe. La afirmación científica de que no era abuso, sino violación, tenía por voluntad propia los ojos cerrados y hacía prevalecer la voluntad de creer sobre los hechos probados de una sentencia escrita después de muchos textos jurídicos y horas de juicio. Para una turba de ateas furibundas está bastante bien.
Con la Mezquita-Catedral no es que n o haya documentos que prueben que alguna vez perteneció al Estado, sino que muchos ( y muchas) de los que dicen que sí, hace no demasiados años reconocían que siempre fue de la Iglesia. El relato del monumento multicultural usurpado por la pérfida Iglesia y ahora lleno de Crucifijos es tan peliculero que habrá legiones que lo crean aunque los jueces lo resuelvan en cinco minutos. Por eso entre las miles de inmatriculaciones y casos de abusos sexuales sólo les interesan los que les pueden dar petróleo. Ya que tanto les gustan los buenos guiones podrían hacerse uno de causas perdidas que termine con un tipo abatido, pero no vencido por la verdad, y aquella copla de Rafael de León: «Llevo una venda en los ojos, / como pintan a la fe. / No hay dolor como esta gloria / de estar queriendo sin ver...»

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