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Altar de Santa Marta

21 de Febrero de 2016
Iglesia en Córdoba 501

Alcanzamos hoy este altar, del que M. Nieto Cumplido [La Catedral de Córdoba, p. 485-486] expone que en 25 de junio de 1393 el cabildo de la Catedral, reunido en la capilla de San Clemente, hizo donación en favor de don Juan Fernández de Frías, bachiller en decretos y chantre, de la capilla de Santa Marta, situada entre las de San Sebastián y San Benito, con las dos lumbres de mármoles que están delante de dicho altar [...] Hubo una segunda fundación con este nulo dotada por el canónigo Pedro Martínez de Salinas, bachiller, cuya vida discurrió durante la primera mitad del siglo XV, pues aquí creó una capellanía para sufragios por su alma. Con este tílulo y en este lugar aparece ya en la relación de 1454. Por último, en 1601, se concedió al racionero Cristóbal de Almoguera adornar i ampliar el dicho altar como ofrecido tiene y erigir capellanías y sepultura güeca e terrena. Su retablo fue ejecutado en 1602 por Juan de Ortuño, en madera tallada dorada. Apoyado sobre una mesa de altar cubierta de azulejos de la misma época, se compone de sotabanco, banco y un cuerpo. Fue desmochado al hacer la bóveda barroca de la nave en el primer tercio del siglo XVIII. En el banco están los basamentos que sirven de apeo a los soportes y el sagrario con puerta decorada con un pequeño lienzo que representa a Nuestra Señora de la Leche (siglo XVII), flanqueada por un par de columnitas corintias. El cuerpo presenta una gran caja central con registro para lienzo, enmarcado por un par de columnas con el tercio inferior diferenciado y capitel corintio. Desde 1985 figura en el registro un lienzo que representa a la Limpia Concepción, pintado por Antonio del Castillo (1616-1668) y fechable en torno a 1666. Este lienzo señala el punto máximo de dinamismo y barroquismo a que es capaz de llegar Castillo en su madurez. La pintura estuvo colocada, hasta 1985, en el registro central de los pies del crucero. La hermosa Purísima que preside hoy el retablo presenta las características propias del canon, aunque dirige su mirada — hacia arriba, mientras sus manos señalan hacia abajo, en clara actitud intercesora para con los devotos que se acercan a rogarle. Bajo sus pies, una leve luna. Ángeles niños —algunos casi confundidos con las nubes— rodean a la Virgen, portan alegorías referidas al misterio Concepción —el espejo, un escudo rutilante, varias rosas, un lirio, la azucena, la palma, el olivo...—. Otras alegorías se muestran en el paisaje: el ciprés, la palmera, las torres, la fuente... María no lleva velo, su cabello cae largo suelto sobre sus hombros. A los pies de la Virgen, un ángel nos mira. Como ya sabemos, los pintores solían introducir en sus cuadros algún personaje —sea el principal o, como en este caso, una figura secundaria—, que les permiten establecer relación con el espectador. Con este recurso, el gran Antonio del Castillo —el mejor pintor de la escuela barroca cordobesa— se dirigía así no sólo a los hombres y mujeres de su tiempo, sino también a nosotros, modernos espectadores —demasiado propensos en estos tiempos secularizados a contemplar estas pinturas como simples obras de arte, y no como lo que realmente son, eficaces medios de devoción—, a que profundicemos en el misterio de la Purísima Concepción de María Santísima. Así pues, si visitamos una catedral, una iglesia, o incluso si recorremos un museo, no pasemos ante una imagen de la Santísima Virgen sin rezarle, al menos, un Avemaría.

Catedral Cordoba

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