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Altar de Nuestra Señora de la Concepción

15 de Noviembre de 2015
Iglesia en Córdoba 487

Ya conocemos la gran devoción que durante siglos se ha profesado, en Córdoba y en toda España, a la Purísima Concepción de María Santísima. Nuestra Catedral da buena prueba de ello. En efecto, además de la espléndida y marmórea capilla del lado occidental, hemos conocido ya otras dos más dedicadas a este misterio. Ahora, se trata de un pequeño altar, del cual M. Nieto Cumplido [La Catedral de Córdoba, p. 448] refiere lo siguiente: El acta capitular de 13 de octubre de 1550 deja constancia de que "este día el cabildo dio sepultura a Miguel de Espinosa, medio racionero, ante el altar que está en el pilar nuevo que está frente y junto a la imagen de Nuestra Señora Santa María del Sol, cabe el Choro" viejo. No sabemos más, pero es suficiente para fechar este altar, establecer su ubicación y conocer el nombre del fundador.
El altar —prosigue— está ornamentado con un retablo formado por banco, un cuerpo dividido en tres calles por medio de columnas abalaustradas y coronado por un frontón curvo. Mientras el retablo se corresponde con la fecha de su fundación -es decir, renacentista-, las pinturas parece debieron ser reemplazadas en el siglo XVIII, cuando se manda enterrar ante el altar don Francisco Fernández Lagos. En el banco, figuras de pequeñas proporciones: San Acisclo, San Juan Bautista, San Francisco, San Lorenzo, San Antonio de Padua y Santa Victoria. En el primer cuerpo, lateral izquierdo, San Miguel; en el registro central, la Concepción de Nuestra Señora, y en el derecho, Santo Domingo de Guzmán. En el segundo, San Andrés y Santa Catalina.
La Purísima Concepción se nos muestra en este retablo según el canon que se hizo célebre, y por tanto, muy imitado: la mirada baja, las estrellas, según el libro del Apocalipsis, circundando su cabeza [Ap 12, 1], las manos en actitud de oración, el ampuloso ropaje, los ángeles a los pies, la serpiente vencida y las alegorías marianas: azucenas, palma, ciprés, etc. San Miguel sigue el modelo, de gran movimiento, que universalizó el pintor Guido Reni, estableciendo un esquema en diagonal, a través de la espada y la pierna del Arcángel, quien domeña al demonio, derrotado a sus pies.
Por su parte, Santo Domingo, más hierático, también se presenta con sus atributos habituales: vestido con el hábito blanco y negro de su orden, sostiene en su mano izquierda un libro —la Biblia, fuente de su espiritualidad y predicación— con las azucenas —símbolos de su pureza—; mientras, con la mano derecha se apoya en un báculo con forma de cruz —como fundador de una gran orden, madre de otras muchas—. El perro con la antorcha en la boca que aparece a sus pies hace referencia a la conocida historia de su nacimiento, según la cual, su madre, la beata Juana de Aza, contempló esta imagen en un sueño, y recibió después la explicación de que el hijo que esperaba sería un gran predicador que propagaría en el mundo el fuego de amor de Jesucristo. El pequeño altar de Nuestra Señora de la Concepción nos habla, ahora como antes, de la necesidad de emprender, de una vez por todas, el camino que nos lleve a una vida santa. Quizá nosotros no lleguemos en nuestra existencia al grado de heroísmo de Santo Domingo de Guzmán, o de otros santos; sin embargo, con la gracia de Dios, podemos avanzar en el camino de la santidad con pureza de intención, obras de amor a Dios y al prójimo y grandes deseos de agradar al Señor. Porque, como nos recuerda este humilde retablo, tenemos para ello el ejemplo de los santos, la ayuda de los ángeles, y la incomparable y bienhechora protección de la Santísima Virgen, nuestra Madre.

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