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Capilla de la Presentación de María y San Roque

25 de Octubre de 2015
Iglesia en Córdoba 484 ImagenLa tercera y última de las capillas que se alojan en el trasaltar está dedicada a la Presentación de María y San Roque. M. Nieto Cumplido [La Catedral de Córdoba, p.444] informa que las actas capitulares no indican nada referente a la fundación de esta capilla y todo lo que sabemos es por referencia de la documentación emitida por los fundadores, Ruy Pérez Murillo, chantre, y Francisco Murillo, maestrescuela, su hermano, naturales de Torremilano y devotos de Nuestra Señora de Guía, en su ermita de Villanueva del Duque, a la que en 1583 hicieron donación de una lámpara de plata en agradecimiento por la victoria de Lepanto y de un censo para las seis arrobas de aceite que consumiría durante un año ardiendo de día y de noche. La dotación de su capilla catedralicia consta por el testamento del primero [...] Francisco Murillo lo hizo también en Córdoba el 17 de marzo de 1592. Es en éste donde se titula a la capilla con el nombre de la Presentación de Nuestra Señora y San Roque. El retablo, de mármol, aunque interesante, no alcanza el nivel artístico del de la capilla de San Bernabé. Se compone de dos cuerpos en tres calles, acogidos en el arcosolio creado por Hernán Ruiz I. En el primer cuerpo, registro central, la Presentación de María; en los registros laterales, San Roque y San Sebastian. En el segundo cuerpo, un Calvario, y en los laterales, San Pedro y San Pablo. El episodio de la Presentación de la Virgen en el Templo no aparece narrado en el Nuevo Testamento, sino en los evangelios apócrifos. Estos textos, que surgieron casi siempre de forma tardía, no están considerados por la Iglesia como canónicos, es decir, no son Palabra de Dios. Sin embargo, aunque suelen abundar en historias fantásticas y legendarias, no deben despreciarse como fuente de información con respecto a algunos detalles. Por ejemplo: los nombres de los padres de María, que en el relieve del retablo aparecen justo detrás de la bendita Niña, en el instante en que ésta sube los escalones del Templo, no han sido consignados en los cuatro evangelios canónicos; no obstante, la Iglesia venera a San Joaquín y Santa Ana, nombres que aparecen en los apócrifos. La razón es obvia: María tuvo padres —como cualquiera—, y el valor de la genealogía en la tradición oral del pueblo de Israel, del mismo modo que en todos los pueblos antiguos, es fundamental. Es lógico, por tanto, que la primera comunidad cristiana conservara cuidadosamente, entre otros datos, los nombres de los abuelos de Aquél que había cambiado para siempre no sólo sus vidas, sino también la historia de la Humanidad.
María fue presentada en el Templo. Ella estaba destinada a servir a Dios, y así lo hizo toda su vida, porque la Providencia quiso servirse de su 'hágase' para que el Verbo se hiciera hombre. Del mismo modo, también hoy muchas mujeres, en nuestra diócesis y en toda la Iglesia, sirven al Señor en pobreza, castidad y obediencia. Como María. En la oración contemplativa, o en la vida de servicio a los demás, especialmente a los más pobres, estas mujeres son, con su vida escondida y entregada, testimonio del amor de Dios en el mundo, y eficaces intercesoras ante Dios en favor de los pecadores. La riqueza que supone para la Iglesia la vida consagrada es difícilmente ponderable. Recemos también nosotros por ellas, por sus intenciones y por sus vocaciones.
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