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Capilla del Espíritu Santo

24 de Mayo de 2015
Iglesia en Cordoba n.467 ImagenComo no podía ser de otra forma, en torno a la solemnidad de Pentecostés visitamos la capilla del Espíritu Santo, situada también en el costado oriental de nuestra Catedral, pero que había quedado discretamente postergada, esperando el momento oportuno de su descripción. Nos hallamos verdaderamente ante una espléndida arquitectura, precedida de antecapilla —como la de la Purísima y el Sagrario-, elemento que, como sabemos, sirve de lucernario para iluminar este espacio. En el interior, destaca la bóveda, que, en palabras de F. Chueca, es una versión renacentista de una estructura gótica. M. Nieto Cumplido [La Catedral de Córdoba, p. 405-406] indica que su retablo, perfectamente integrado en la arquitectura de la capilla, es todo de piedra con banco, dos cuerpos, flanqueados por dos pares de columnas cada uno, y ático. No hace falta tener mucha imaginación para percatarse —como habrán advertido todos los hinojoseños que lean estas líneas— de la gran similitud que existe entre este retablo y la magnífica portada de la iglesia de San Juan Bautista de Hinojosa del Duque, obras ambas de Hernán Ruiz II, aunque, como podemos comprobar, difieran levemente en el remate. En el registro central del primer cuerpo —continua D. Manuel— bajo arco de medio punto, un lienzo del Bautismo de Jesús, sin documentar, que se viene atribuyendo a Pablo de Céspedes. Su autor debió ser un pintor del último cuarto del siglo XVI que conocía la pintura manierista italiana. En el registro central del segundo cuerpo, un Cristo Crucificado con los tres hermanos Simancasei —fundadores de la capilla—, de la misma mano del anterior. —Es muy significativo que los tres hermanos quisieran que sus retratos figuraran en el retablo, pero no de otra manera que adorando al Crucificado, como una verdadera profesión de fe en Aquél que había dado la vida por ellos y por todos los hombres—. Por último, en el ático, un óleo sobre lienzo de composición circular debido a José Saló y Junquet (+1877), en que aparece en el centro la paloma del Espíritu Santo rodeada de rayos de luz de los que irradian cabezas de ángeles niños. Como sabemos, la imagen del Espíritu Santo como paloma deriva del texto evangélico [Mt 3, 16]: Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. La adoración que se debe a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad parece avivarse en nosotros en torno a esta solemnidad de Pentecostés, aunque también es verdad que, durante el resto del año, olvidamos un tanto su misteriosa presencia. Sin embargo, el Compendio del Catecismo [N° 144] nos recuerda que En Pentecostés, cincuenta días después de su Resurrección, Jesucristo glorificado infunde su Espíritu en abundancia y lo manifiesta como divina, de modo que la Trinidad Santa queda plenamente revelada. La misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria. Por tanto, no subestimemos la vivificante acción que el Espíritu Santo viene a realizar en nuestra existencia, pues se trata [Ibid. N° 145] del que edifica, anima y santifica a la Iglesia; como Espíritu de Amor, devuelve a los bautizados la semejanza divina [...] Los envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y los organiza en sus respectivas funciones, para que todos den «el fruto del Espíritu» (Ga 5, 22).
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