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Capilla de San José

15 de Marzo de 2015
Iglesia en Córdoba 458 ImagenNuestro recorrido alcanza hoy la modesta capilla de San José. Realmente, es muy propio de la humildad de este gran Santo pasar desapercibido -a pesar de que se le venera como Patrón de la Iglesia Universal-; en este caso, no sólo por la sencillez de su capilla, sino también por el lugar que su imagen ocupa en ella. No obstante, nosotros lo honraremos hoy, especialmente porque esta semana celebramos su Solemnidad.
M. Nieto Cumplido [La Catedral de Córdoba, p. 402] expone, con respecto a esta capilla, que por razón de su estilo y de la administración de la Catedral en ese momento, la obra de arquitectura debió quedar sujeta a la dirección de Hernán Ruiz I. Su retablo actual -continua- está formado por banco un cuerpo constituido por una hornacina de medio punto enmarcada por un par de columnas salomónicas as de fuste decorado con hojas y frutos de vid, y capitel corintio, y coronado por un entablamento clásico. Concluye con un ático  formado por un registro para lienzo enmarcado por dos grandes roleos de hojarasca. En la hornacina, una efigie de Cristo a la Columna.
En el ático, un lienzo con la figura de San José, anónimo. Se desconoce aún quien pudo ser el autor de este pequeño retablo en madera dorada y tallada, que por sus características formales pudo ser realizado en torno a 1715-1720.
Pero reparemos en las imágenes que presiden el retablo: Junto a Cristo, se encuentra arrodillado San Pedro, con un gran pañuelo en las manos. Lo identificamos fácilmente por las llaves que penden del cinto. La escena reproduce el pasaje del Evangelio en que, tras las negaciones, el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces.» Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente [Lc 22, 61-62].
La escena de las lágrimas de S. Pedro fue uno de los argumentos más habituales a partir de fines del s. XVI. Se exaltaba así no sólo la figura de S. Pedro, modelo del pecador arrepentido, sino también el Sacramento de la Penitencia. Pero, en este caso, el Señor no mira a Pedro: nos mira a nosotros pecadores igualmente necesitados de conversión.
En efecto, en estos tiempos en los que la conciencia de pecado se ha difuminado, incluso entre los mismos creyentes, conviene recordar lo que enseñó el Papa San Juan Pablo II: por voluntad de Cristo, el perdón es ofrecido a cada uno por medio de la absolución sacramental, dada por los ministros de la Penitencia; es una certeza reafirmada con particular vigor tanto por el Concilio de Trento, como por el Vaticano II [Reconciliatio et Paenitentia 30]. Y también: La reconciliación de cada penitente constituye el único modo normal y ordinario de la celebración sacramental, y no puede ni debe dejar de ser usada [RP 32]. Por otra parte, el Concilio de Trento, [sesión XIV, 25-XI-1551, V] afirmaba que se observa ya en toda la Iglesia, con mucho fruto de las almas fieles, la saludable costumbre de confesarse en el sagrado tiempo de Cuaresma[...] costumbre que este santo Concilio da por muy buena, y adopta como piadosa y digna de que se conserve. Hagamos, pues, un buen examen de conciencia, pidamos sentir dolor de los pecados -con propósito de la enmienda-, y no dejemos pasar este santo tiempo de Cuaresma sin acercarnos a recibir el Sacramento de la Reconciliación.
Catedral Cordoba

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