Viernes,14 de Agosto de 2020
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Peones verdes

22 de Enero de 2015
Diario ABC

TAMPOCO era para ponerse así, señor alcalde. Como pasaba con aquellas broncas colectivas que se pegaban en los colegios los días de revuelta o las vísperas de tormenta, tengo que confesar que tenía ganas de agachar la cabeza, ponerme colorado, guardar silencio y mirar para adentro a ver qué culpa tenía, aunque de verdad el rapapolvo no fuera conmigo ni con ninguno de los que vimos al alcalde ponerse serio y convocar una cumbre a la que ya veremos si alguien le sigue. Cómo se ha puesto por unos cuantos cientos de titulares mentirosos, miles de declaraciones hablando de la Mezquita-Catedral como si hubieran estado en la primera piedra, decenas de tertulias con gente que no ha puesto aquí ni un pie y unos plataformistas que invocan derechos y leyes en Twitter pero que no han pasado por los tribunales ni como atajo camino del bar.

Total, que no ha querido ver el lado bueno. Le ha despistado desde luego el perfil de todos esos que, como dirían en mi pueblo, nos van a meter en la cama con la tabarra cansina de la inmatriculación, y se ha pensado que se trata de unos cuantos profesores universitarios, de los que se piensan que el dinero le nace a todo el mundo de un grifo y que pueden defender ideas disparatadas y revoluciones populares sólo porque a ellos nunca les va a faltar la nómina que les escaseará a quienes sufran las consecuencias de sus ideas.

Que no se aflija José Antonio Nieto, que lo que no mata engorda. Estas criaturitas pesadas y repetitivas, ancladas en dogmas reaccionarios e incubadas en despachos que no conocen el aire de la calle, no tienen intención de hacer daño a nadie, y ya que callarse no se van a callar, y la libertad de expresión les ampara, podrían ser otro atractivo más para los turistas, como la leyenda ignorante del buey que reventó o la cruz que labró un esclavo cristiano. El alcalde se asustó, con razón, de ver que habían delirado con teorías conspiratorias después de la alarma que saltó por un simple coche mal aparcado, como si para decidir algo en la Mezquita-Catedral la Policía tuviera primero que consultarles a ellos, que al fin y al cabo hablan por el pueblo, y ver si les parece bien o mal.

Yo creo más bien que habría que ponerles pensión y asiento en el Patio de los Naranjos, vestirlos de fosforito y que los guías llevasen a los turistas a escuchar su cantinela. Si ya hubo peones negros que terminaron como folklore entrañable y protestón, estos podrían ser peones verdes, que es el color sagrado del Islam, el de las hierbas para tuitear que quitarle la Catedral a la Iglesia es bueno para frenar a los musulmanes integristas, y también el de ese andalucismo, algo feo, nada católico y muy sentimental, que cultivó con magro éxito de urnas uno de los penenes.

Los visitantes seguro que atenderían sus explicaciones como si oyeran flamenco, se harían fotos con ellos como los que van al Coliseo posan con los romanos chungos y sospechosos y se irían de Córdoba con ganas de contarlo, como quien ha visto a la vieja de la fabada o al campesino aislado del mundo que preguntaba si el Madrid era otra vez campeón de Europa. Al entrar cada cofradía al Patio de los Naranjos ofrecerían su disgusto ante la nube de micrófonos, como pasa cada dos por tres donde haya tradiciones y más si son religiosas. Córdoba debería empezar a diferenciar el producto turístico y venderlo como marca de diferencia; yo ya estoy viendo el paseo hasta el colegio Rey Heredia para entrar en el Museo de los Pegos y a los madrileños llevándose a puntapala las camisetas: «Estuve en Córdoba, vi la Mezquita y me dieron la murga con las inmatriculaciones».

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