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La Mezquita y el conocimiento

18 de Enero de 2015
Diario ABC

Córdoba tiene esa facilidad para hacer de la paradoja un modo de vida que pocos lugares ofrecen. Ya lo vio Pío Baroja, y le puso título, ¿conocen alguna feria discreta...? Sabe cultivarlas como ninguna otra urbe. En proceso continuo: a corto, medio y largo plazo. Y guardan hasta su halo tragicómico. Puede que resulte consustancial a su esencia, y a la vez un atractivo insuperable. Un magnetismo no a la escala del Triángulo de las Bermudas, pero probablemente con los mismos efectos hipnóticos y enigmáticos. Barcos más grandes se han perdido por esa especie de agujero negro que se abre en Córdoba cada vez que salta el debate, la comisión y la plataforma de turno y se invoca la mágica palabra: el consenso.

Y así, en un mismo plano declaramos nuestra voluntad en el empeño de ser algún día «ciudad del conocimiento» en un futuro tan factible como utópico, como que nos sumergimos en un presente donde el alcalde tiene que dar un golpetazo en la mesa ante la fanfarria y el disparate que asedia a la Mezquita-Catedral, cuando se atisba un serio problema. Y aquí, señores, como se barniza al lenguaje en el habla andaluza no hay parangón lingüístico: estamos ante un clamoroso caso de «falta de conocimiento», que diría el castizo. De ausencia de seso.

Cuando uno ve a dos magníficos rectores juntos y un alcalde moderando un debate, uno experimenta un prejuicio a modo de escalofrío: no se va a hacer nada, aunque se hable mucho. Claro que la realidad estropea titulares todos los días, y en esta ocasión, la disposición mostrada por la Universidad de Córdoba y la Loyola Andalucía, con el testigo torero del alcalde Nieto cual alternativa, para auspiciar una estrategia común que saque a esta ciudad de esa «elegante decadencia que la lleva a la más pura irrelevancia» (Gabriel Pérez Alcalá, dixit), da qué pensar. Y mucho.

Una ciudad del conocimiento no es aquella que tiene más universidades ni titulitis. Ambos rectores convinieron en que se trata de una secuencia sencilla y altamente compleja a la par: pensar, generar ideas y traducir éstas en tendencias, empresas y negocios, desarrollo socieconómico a la postre. En el futuro caben el monocultivo agrario y turístico. Cabe el aceite y la Mezquita-Catedral, pero debieran anteceder a la educación y la innovación. Mimbres existen, aunque no sean tan conocidos como el grueso delantero argelino del Córdoba. Faltan voluntad política, recursos económicos y mucha paciencia. Durante las últimas tres décadas se escribieron dos planes estratégicos que no se han ejecutado. Se curtieron en años de comisiones, mesas, consensos..., ya saben, Córdoba en estado puro. La única estrategia común que sí cristalizó, a excepción de la catarsis futbolística, fue el proyecto de Ciudad Cultural Europea 2016. No hemos aprendido nada de lo bueno y malo de entonces. Solo hay un serio pero en toda esta formulación: la baja formación de unos recursos humanos sumidos en una alta tasa de paro, adobada con un flujo migratorio en negativo.

Ahora el alcalde ha decidido moderar otra mesa del «conocimiento», la de la Mezquita-Catedral, y en ella va a tener «talentos» en abundancia. Amén de su jugada maestra y política —que aún deja más en evidencia a IU y PSOE, en franca competencia por la tontería más grande—, está su deber como primer cordobés en defender los intereses de la ciudad, y al menos esta llamada al orden institucional nos hace albergar esperanzas. Porque ideas sobran todos los días en Córdoba, y hay tantas como pirómanos con traje de bombero. Reconozco que debe ser difícil gobernar una ciudad con tanto «conocimiento».

Catedral Cordoba

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