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La Mezquita-Catedral

18 de Enero de 2015
Diario Córdoba

Aún podemos mirar en el cauce del tiempo, asistir al espejo en el fondo del río. Hay una encrucijada mágica en el puente si miramos la Mezquita-Catedral, con su piedra solar, como una estampa abierta hacia el fulgor guardado en la retina de los cordobeses con su serenidad sedimentada: porque el templo oxigena los pulmones, la respiración de nuestro cuerpo urbano, a partir del tejido de columnas alzadas en la luz.

Ni la Mezquita, ni la Catedral, usadas indistintamente, separadas o juntas, en ese término más integrador --y exacto, tanto jurídica como culturalmente-- de nuestra Mezquita--Catedral, habían sido nunca un problema en Córdoba. A través de las administraciones, tanto locales como autonómicas, y del obispado, con sus sucesivos protagonistas, se había entendido que la Mezquita--Catedral, faro universal de la ciudad, igual para el turismo que para la Historia del pensamiento, la literatura, la religión y el arte, era un bien de todos, gestionado en una especie de entente cordiale sin demasiadas grietas en el discurso público. En esa paz vivíamos, lo que tenía su mérito: sobre todo, en una ciudad tan poco dada a ponerse de acuerdo en sus cuestiones vertebrales, carente como ha estado en ocasiones --y todavía sigue estando-- de dirigentes sagaces, capaces de mirar el bien ciudadano más allá del propio y de unir las familias de la casa común.

Esa paz se rompió el 18 de febrero de 2010, cuando Benedicto XVI nombró obispo de Córdoba al toledano Demetrio Fernández. Poco después de llegar, ya dejó claro Demetrio Fernández que venía, entre otras ocupaciones, caritativas y apostólicas, sin duda, a explicarnos a los cordobeses cómo teníamos que llamar a nuestro templo. O, dicho de otro modo: a recalificar nuestro sistema de convivencia, que hasta ese momento había sido motivo de orgullo ciudadano y, en ningún momento, de pugna o de trifulca. Fue el nuevo obispo quien sacó la cuestión de la ciudad, elevándola al rango planetario, cuando afirmó que había que quitar la palabra "Mezquita". Así, en una entrevista concedida a Diario CORDOBA --después reproducida en multitud de medios--, Demetrio Fernández, preguntado por Pilar Cobos, afirmó que "cuando he escrito esto, lo he hecho porque sabía que iba a dar la vuelta al mundo, para que todo el mundo sepa que en Córdoba la antigua mezquita hoy es una catedral (-)". Preguntado también acerca de los anteriores obispos, que no habían tocado la nomenclatura, Fernández respondió que sus predecesores "no se encontraron con el problema que hoy nos encontramos, que es una expropiación a nivel de lenguaje". Luego hemos sabido que sí ha habido varias expropiaciones, no sólo de lenguaje: sobre todo cuando el Juzgado de Instrucción número 1 de Córdoba ha abierto diligencias para estudiar las recientes inmatriculaciones de la Iglesia. No sólo la Mezquita-Catedral: también el Triunfo de San Rafael de la Puerta del Puente o la ermita del Socorro. Luego hemos conocido otras: la más llamativa, de la iglesia de San Agustín --restaurada con dinero público-- y San Hipólito, con su viejo kiosco municipal, o la ermita de los Santos Mártires.

No satisfecho con dar "la vuelta al mundo", el 1 de julio de 2014, el obispo llevó la cuestión a Madrid. Fue en el primero de los actos culturales para la conmemoración del 775 aniversario de la Catedral de Córdoba en Efe-Fórum Cultura. "Atacar al templo es atacar al corazón de la Iglesia", dijo entonces, para añadir, después de haber montado el follón cuatro años antes, que "El nombre es lo de menos". Le acompañaron el alcalde, José Antonio Nieto, y el subdelegado del Gobierno, Juan José Primo Jurado, junto a miembros de la curia diocesana, las cofradías y el Cabildo. Un año y medio después, el propio Ayuntamiento se ve obligado a reclamar el "dominio público" de la plaza de Nuestra Señora de la Fuensanta, El Pocito, inmatriculada también por el Cabildo.

Tanta voracidad es indigesta. Respecto la Mezquita-Catedral, el nombre lo es todo: especialmente para una ciudad que debe su pasado, su presente y su futuro al turismo, con su emblema erigido sobre la eternidad. Titularidad y gestión debieran ser compartidas, con un patronato en que estuvieran todos: Cabildo, Junta y Ayuntamiento, como emblema también de entendimiento y concordia. Esta es la historia de un problema artificial que no tendría que haber existido nunca, y la de un obispo que ha querido imponer su criterio a una ciudadanía con su propio saber, milenario y pacífico.

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