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La Capilla Real

21 de Mayo de 2009

El 7 de septiembre de 1312 era encontrado muerto en su habitación en Jaén el rey Fernando IV de Castilla, sin que nadie le viera morir. La primera intención de su hermano el infante don Pedro, tras proclamar rey a Alfonso XI, fue la de llevar su cadáver a Toledo o Sevilla, pero las grandes calores aconsejaron sepultarlo en una ciudad más próxima como era Córdoba. Un mes más tarde de la muerte del monarca y de su entierro, la reina Constanza testifica que el cuerpo del rey está sepultado en la Catedral de Córdoba, cuando funda la Capilla Real.

La primera vez que se titula “capilla do yace enterrado” Fernando IV es en una carta de Alfonso XI, confirmatoria de la de Constanza, de 13 de marzo de 1331.

Alfonso XI había manifestado la voluntad de ser enterrado en la “capilla donde yacia el rey don Fernando su padre, en la yglesia mayor de Sancta María” de Córdoba. La Crónica de Alfonso XI (fallecido el 1350), deja a su vez constancia del traslado de sus restos a Córdoba (depositado entretanto en la Capilla Real de Sevilla en 1371): “et llevólo el rey don Enrique su fijo, et fízolo enterrar en la dicha capilla con el dicho rey don Fernando su padre, en el año de la era de César de 1371”. Añade el Libro Verde I que lo “trasladaron de Seuilla a esta eglesia en el mes de março”. La Crónica de Enrique II será la primera que dará el título de Capilla de los Reyes a este espacio.

Estos son los escuetos datos que poseemos sobre el lugar de enterramiento de ambos monarcas de Castilla, además de la inscripción puesta por Enrique II en el zócalo de esta Capilla Real: “Este es el muy alto rrey d. Enrique. Por onra del cuerpo del rrey su padre esta capiella mandó facer. Acabose en la era de 1371”. Coincide, pues, la fecha de conclusión de la capilla con la del traslado de los restos mortales de Alfonso XI.

He recurrido a esta exposición detallada de las fuentes, pues las opiniones de los investigadores ponen su construcción en épocas diferentes.

Veamos el modo de desenrrollar este ovillo que arranca del siglo XVII cuando el canónigo Bernardo José Aldrete afirma que “el rey Enrique Segundo lo trajo a Córdoba, dispuso una capilla detrás de la mayor [con presbiterio bajo el lucernario de Al-Hakamm o capilla de Villaviciosa], en las tres naves principales del cuarto noble, que es el más principal de este templo. La que estaba detrás del altar mayor se dispuso para entierro de los reyes Fernando IV y Alfonso XI. Las palabras de Aldrete son el origen de toda la discusión existente, a las que se ha dado más valor que a la inscripción de Enrique II, ya transcrita, en la que se dice que fue este monarca “quien la mandó facer”. De hecho y derecho, la inscripción se ha de entender como firma de la obra. Está pues una palabra, que es pura suposición de un canónigo, contra la otra, la del monarca que la mandó construir.

La atribución de su construcción a los años inmediatamente posteriores a la conquista de Córdoba en tiempos de Alfonso X el Sabio no tiene constancia (se debe a una mala lectura de un texto del manuscrito 166 de la Biblioteca Catedralicia) y habría de ser olvidada. Según esta suposición la cúpula pudo estar inspirada en una de las tres que precedían al mihrab de la mezquita almohade de Sevilla; cosa no comprobable puesto que las tres desaparecieron a comienzos del siglo XV.

La hipótesis de D. Ortiz Juárez merece un respeto: “Conforme comencé a analizar los elementos de la cúpula, fui comprobando que todo se correspondía con el estilo almohade, tanto en arquitectura como en decoración, como en técnicas”. Además del estudio de su ornamentación, Ortiz afirma que dada la elevación del suelo, la gran iluminación, la situación casi en medio de la gran mezquita y su forma de conjunto son más propias de una tribuna que de una dikah. Según G. Marçais esta capilla hace pensar en la sedda que se encuentra delante del mihrab en las grandes mezquitas, y donde el mousammi se coloca para repetir la oración y hacerla llegar a la muchedumbre dispersa en las naves.

Sin embargo, esta teoría no se apoya sobre las posibilidades de un texto de Ibn Sahib al-Sala quien refiere que al instalarse en Córdoba los dos sayyides Abu Ya’qub y Abu Sa’id en 1162, “mandaron construir sus palacios y demás edificios y fortificar sus fronteras”.

¿Estuvo entre esas obras la construcción de esta cúpula? ¿Cómo se prepara un espacio en alto para una mejor difusión de oración y se le cierra con un muro de más de un metro de grosor en el costado oriental de este recinto que mira a la mayor ampliación de la Mezquita como era la de Almanzor, muro, por otra parte, absolutamente necesario para la estabilidad de la cúpula? Aquí podría acudirse a la reproducción de un modelo almohade de la misma o parecida suntuosidad como el de una de las cúpulas de la mezquita de Sevilla aportada por L. Torres Balbás. Al menos podría encontrar respuesta el hecho de que en la segunda mitad del siglo XIV se hubiera levantado y decorado este espacio con un estilo arcaico -apreciado por D. Ortiz Juárez- con respecto al de ese período.

La tercera hipótesis para el debate, de J. C. Ruiz Souza, se arropa en que el texto de Aldrete habría que tomarlo con cautela y no aceptarlo como automáticamente cierto “por tener dichas noticias tres siglos de antigüedad”. El autor cree “que en el siglo XIV, justo cuando se fundó la Capilla Real (no en 1371 como afirma, sino en 1312), lo único que se hizo fue acondicionar y redecorar todo este espacio de arriba abajo, cúpula incluída, introduciendo los atauriques nazaríes y los plementos de mocárabes”. “¿Por qué no pensar que al inicio de dicha ampliación de Al-Hakam II también existieron tres cúpulas, es decir, la que corona la Capilla de Villaviciosa, reconocida como califal por todos los investigadores, junto a otras dos en sus lados E y W, de las que se ha conservado sólo la oriental, aunque decorada, en la Capilla Real?”.

La traza, dice, es puramente califal. Cierto. El autor señala también como elemento de similitud entre una y otra cúpula el que la de la Capilla Real está hecha en piedra como el lucernario de Al-Hakam, y que esa similitud se mantiene en el trazado y tamaño de las ventanas. La intencionalidad de hacer patente las tres naves centrales de esta ampliación mediante un gran arco polilobulado flanqueado por otros dos de menos lóbulos, diferentes al resto de ingreso a la ampliación de Al-Hakam, no es más que un indicador de la nobleza de las tres naves de la maqsura. El autor, por otra pare, no ha advertido la diferencia de diámetro de las columnas en los espacios puestos a discusión como expresión de las cargas diferentes que soportan en su estado original, distintas a las imaginadas.

Sigo en la opinión de que la Capilla Real tuvo un curso propio y genuino a un ritmo vinculado al entierro de Fernando IV en 1312 y al traslado de los restos de Alfonso XI en 1371. Como el cadáver del primero se mantuvo en la cripta hasta su traslado a la Colegiata de San Hipólito en 1736, la construcción de esa sobria cripta pudo constituir en un principio el túmulo de Fernando IV fabricado a su muerte, mientras que los restos del segundo descansarían hasta la misma fecha en la ostentosa hornacina flanqueada por los escudos de León y Castilla, construída por Enrique II. El altar para la celebración de misas estuvo colocado frente al sepulcro de Alfonso XI en el plano superior, del que dan cuenta los testimonios gráficos conservados. El acceso a la planta alta de esta capilla, desde siempre -dato importante para la historia de su construcción- se hacía por las dos puertas -hoy ventanas- de su costado occidental, a las que se llegaba desde el preesbiterio de la capilla de Villaviciosa desmontando a fines del siglo XIX.

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